La Liturgia de las Horas. “Consagración del Tiempo”

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El deseo cristiano es orar siempre sin desfallecer (Lc 18,1), como Cristo que continuamente intercede por nosotros ante el Padre (Hb 7,25). Hay un deseo de santificar el tiempo, que consiste en “hacer posible la inserción de la salvación en la historia, la manifestación de la bondad divina en el tiempo” (J. López Martín), desde la salida del sol hasta el ocaso.

El pueblo judío oraba ya tres veces al día. El salmo 55, 17-18 dice: “Yo en cambio a Dios invoco y YHWH me salva. A la tarde, a la mañana, al mediodía, me quejo y gimo. Él oye mi clamor”. De Daniel se nos dice también que acostumbraba a orar tres veces al día (Dn 6,10).

La Sacrosanctum Concilium mandó que se ordenase la Liturgias de las Horas según una naturaleza ‘horaria’: “El Oficio divino está estructurado de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche” (SC 84). “Siendo el fin del Oficio la santificación del día, restablézcase el curso tradicional de las Horas de modo que, dentro de lo posible, éstas correspondan de nuevo a su tiempo natural y a la vez se tengan en cuenta las circunstancias de la vida moderna en que se hallan especialmente aquellos que se dedican al trabajo apostólico” (SC 88).
“El fin propio de la Liturgia de las Horas es la santificación del día y de todo el esfuerzo humano” (OGLH 11).

La Iglesia insiste en que cada una de las horas se deben rezar en el momento del día adecuado, y no todas seguidas por un puro cumplimiento. La reforma litúrgica nos manda rezar “en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica” (OGLH 11).

Es sobre todo importante santificar el comienzo y el fin del día con la oración. El Mio Cid reprocha a los infantes de Carrión que “yantan antes de facer oración”. Gandhi llamaba a la oración el cerrojo de la noche y la llave de la mañana.

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Los Laudes: son la oración del amanecer, para consagrar a Dios la jornada que comienza. En el sol que resucita la Iglesia ve a Cristo victorioso sobre la muerte, y por eso los laudes están consagrados a la resurrección. Los laudes son tiempo para sacudir el sueño del pecado, la pereza, la somnolencia. Los laudes son tiempo de alabanza fuerte, con cantos hímnicos resonantes, manos levantadas. Nos invitan a entrar en comunión con la naturaleza que se despereza, con los pájaros que cantan, con los ruidos del primer trabajo de los hombres, de las máquinas que se encienden…

Las Visperas: son la oración del atardecer. Es la hora del cansancio, pero también de cobrar el jornal, de ver en nuestras manos el fruto del trabajo. Es el momento en que se encienden las lámparas, el lucernario, ante la puesta de sol. Hay en esta hora un recuerdo especial del misterio pascual, el sacrificio vespertino, la ofrenda de Jesús en la cena y en la cruz. Hay una alusión a la caída de la tarde en Emaús, y el momento del reconocimiento de Dios que ha caminado con nosotros durante el día y que al atardecer se nos deja ver.

Las Completas: son la oración para el momento de irse a la cama. Contienen un breve examen de conciencia, y un acto de confianza en Dios que exorciza todos los malos pensamientos para que no ani­den en nosotros durante el sueño.

Preparado por P. Jorge Nelson Mariñez Tapia
Fuente: Juan Manuel Martín-Moreno González, sj.


2 respuestas a “La Liturgia de las Horas. “Consagración del Tiempo”

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