Liturgia de las Horas y Eucaristía

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Los salmos nacieron en el contexto del culto del templo. Toda oración judía tenía una referencia al templo, pues se oraba mirando a Jerusalén. Hasta Jonás en el vientre de la ballena dirige su oración hacia el templo (Jo 2,5.8). La oración estaba íntimamente unida con el sacrificio perpetuo que se ofrecía en el templo a la mañana y a la tarde.

El oficio de las Horas, como toda la liturgia cristiana, celebra el misterio pascual (SC 6), como síntesis y culminación de todas las acciones salvíficas de Dios en la historia. En ese misterio hay que considerar su profecía, su cumplimiento en Cristo y su actualización en la Iglesia.

A la liturgia se le llama “sacrificio de alabanza” (Sal 115,13), en el que se entrega la propia voluntad, más que carneros o toros. “El alzar de las manos” se asocia a la ofrenda de la tarde (Sal 140,2). Esta entrega es un acto de la voluntad, una conducta agradable a Dios, pero también el fruto de los labios, que manifiesta la voluntad y la conducta. (Hb 13,15). Oseas 14,3 habla de tomar con nosotros palabras, más bien que víctimas propiciatorias.

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“La función sacerdotal de Cristo se prolonga a través de la Iglesia, que sin cesar alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo, no sólo celebrando la Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando el Oficio Divino” (SC 83).

“La Liturgia de las Horas extiende a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrece en el misterio eucarístico “centro y culmen de toda la vida de la comunidad cristiana” (OGLH 12).

La Liturgia de las Hora prepara la celebración de la Eucaristía, en cuanto que es una iniciación a la plegaria. Por eso es bueno unir la LH con la eucaristía celebrándola juntamente con la Hora adecuada para el momento del día en que se celebra la Eucaristía, sobre todo Laudes o Vísperas (OGLH 93-99). Para ello se comienza con un rito inicial único, ya sea el de la Misa o el de la Hora que se va a rezar, y se sigue con la salmodia. Tras la salmodia, omitido el acto penitencial se dice el Gloria, cuando lo piden las rúbricas, y la oración colecta.

Después de la comunión se canta con su antífona correspondiente el Benedictus o el Magnificat, según la Hora de que se trate.

Preparado por P. Jorge Nelson Mariñez Tapia
Fuente: Juan Manuel Martín-Moreno González, sj.


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