Creo en Dios según Juan Pablo II

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El gran misterio de nuestra fe, el primer artículo de nuestro Credo: Creo en Dios. Es necesario responder enseguida a esta pregunta: ¿Por qué hablar hoy de Dios?.

En la escuela de Job, que confesó humildemente: ‘He hablado a la ligera. Pondré mano a mi boca’ (40, 4), percibimos con fuerza que precisamente la fuente de nuestras supremas certezas de creyentes, el misterio de Dios, es antes todavía la fuente fecunda de nuestras más profundas preguntas: ¿Quién es Dios?. ¿Podemos conocerlo verdaderamente en nuestra condición humana?. ¿Quiénes somos nosotros, criaturas, ante Dios?.

Con las preguntas nacen siempre muchas y a veces tormentosas dificultades: Si Dios existe, ¿por qué tanto mal en el mundo?. ¿Por qué el impío triunfa y el justo viene pisoteado? ¿La omnipotencia de Dios no termina con aplastar nuestra libertad y responsabilidad? Son preguntas y dificultades que se entrelazan con las expectaciones y las aspiraciones de las que los hombres de la Biblia, en los Salmos en particular, se han hecho portavoces universales: ‘Como anhela la cierva las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, “oh Dios!.

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He aquí, pues, que nosotros hablamos de Dios porque es una necesidad del hombre que no se puede suprimir. La segunda pregunta es cómo hablar de Dios, cómo hablar de El rectamente. Incluso entre los cristianos, muchos poseen una imagen deformada de Dios.

El creyente, y todo hombre de buena voluntad que busque el rostro de Dios, tiene a su disposición ante todo el tesoro inmenso de la Sagrada Escritura, verdadero diario de Dios en las relaciones con su pueblo, que tiene en el centro el insuperable revelador de Dios, Jesucristo: ‘El que me ha visto a mí ha visto al Padre’ (Jn 14, 9). Jesús, por su parte, ha confiado su testimonio a la Iglesia, que desde siempre, con la ayuda del Espíritu Santo, lo ha hecho objeto de apasionado estudio, de progresiva profundización e incluso de valiente defensa frente a errores y deformaciones.

La fe rezada, la liturgia, cuyas formulaciones son un continuo e incansable hablar de Dios hablando con El; y la fe vivida por parte de los cristianos, de los santos en particular, que han tenido la gracia de una profunda comunión con Dios. Así, pues, no estamos destinados sólo a hacer preguntas sobre Dios, para luego perdernos en una selva de respuestas hipotéticas o bien demasiado abstractas. Dios mismo ha venido a nuestro encuentro con una riqueza orgánica de indicaciones seguras.

La Iglesia sabe que posee, por la gracia de Dios mismo, en su patrimonio de doctrina y vida, la dirección justa para hablar con respecto a la verdad de El. Y nunca como hoy siente el empeño de ofrecer con lealtad y amor a los hombres la respuesta esencial, que esperan.

Preparado por P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuente: Catequesis de Juan Pablo II, Sobre Creo en Dios (3-7-85).


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