Maestro San Juan de Ávila († 1569)

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San Juan de Ávila nació el 6 de enero de 1499 (o 1500) en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), de una familia profundamente cristiana. Sus padres, Alfonso de Ávila (de ascendencia israelita) y Catalina Jijón, poseían unas minas de plata en Sierra Morena, y supieron dar al niño una formación cristiana de sacrificio y amor al prójimo. Son conocidas las escenas de entregar su sayo nuevo a un niño pobre, sus prolongados ratos de oración, sus sacrificios, su devoción eucarística y mariana.

Probablemente en 1513 comenzó a estudiar leyes en Salamanca, de donde volvería después de cuatro años para llevar una vida retirada en Almodóvar.

A pesar de llamarlas ‘leyes negras’ los estudios de Salamanca dejaron huella en su formación eclesiástica, como puede constatarse en sus escritos de reforma. Esta nueva etapa en Almodóvar, en casa de sus padres, viviendo una vida de oración y penitencia, durará hasta 1520. Pues aconsejado por un religioso franciscano, marchará a estudiar artes y teología a Alcalá de Henares (1520-1526). De esta etapa en Alcalá existen testimonios de su gran valía intelectual, como así lo atestigua el Mtro. Domingo de Soto.

Un buen día del año de 1517 Juan de Ávila, un estudiante alegre de la Mancha, que había recorrido durante cuatro cursos las callejuelas de Salamanca con sus cartapacios de apuntes bajo el brazo, camino del estudio, dejaba la ciudad del Tormes.

Hacía días que Dios le hurgaba en el alma. El golpe de gracia fue en una fiesta de toros y cañas. Ahora, dejadas las “negras leyes”, volvía a Almodóvar del Campo, que le había visto nacer el día de Epifanía del último año del siglo.

Poco después Alcalá le dará su abrazo de bienvenida en un momento de efervescencia espiritual, a la que no podrá sustraerse.

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Las sabias lecciones de Artes del maestro Soto, de quien fue discípulo predilecto, y aquellas lecturas del docto maestro Medina, que enseñaba por la nueva vía de los Nominales, alternaban con la lección sabrosa de unos libros de Erasmo, saturados de espíritu paulino y salpicados de censuras mordaces ansiosas de reforma.

Durante sus estudios en Alcalá, murieron sus padres. Juan fue ordenado sacerdote en 1526, y quiso venerar la memoria de sus padres celebrando su Primera Misa en Almodóvar del Campo. La ceremonia estuvo adornada por la presencia de doce pobres que comieron luego a su mesa. Después vendió todos los bienes que le habían dejado sus padres, los repartió a los pobres, y se dedicó enteramente a la evangelización, empezando por su mismo pueblo.

Don Alonso Manrique logró retener al padre Ávila en su arzobispado. El maestro Baltanás, dominico, le encaminó a Ecija, ciudad de mucho comercio. Aquí comenzó su predicación y a leer públicamente unas lecciones sobre las epístolas de San Pablo. El celo de Ávila se extendía también a los niños, a quienes reunía al atardecer para enseñarles la doctrina, en la misma casa en que se hospedaba.

También acudían allí personas mayores a quienes enseñaba a meditar. Leía un paso de la Pasión y luego estaban un poco meditándolo con poca luz. Pronto se murmuró de ello. Y en torno a él se iba formando un grupo sacerdotal, austero, de doctrineros y predicadores.

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Durante estos años de su estancia en Sevilla debió leer Ávila unos libros que años más adelante encarecerá: los Abecedarios de Osuna, que aparecen ahora. También él publica por estas fechas unos libros espirituales, entre ellos uno sobre el modo de rezar el rosario. Los publica sin su nombre, como hace con la traducción del Kempis, que sale ahora allí mismo en Sevilla, en 1536, y que se atribuirá más adelante a fray Luis de Granada.

Por entonces tiene lugar su predicación en Córdoba. Guadalcázar le ve llegar a sus puertas en 1537 para asistir a doña Sancha Carrillo en su último trance. A ella había escrito, pliego a pliego en forma de cartas, aquel precioso tesoro que es el Audi, filia, síntesis maravillosa de la vida cristiana, concebida por Ávila como una participación del alma en el gran misterio de Cristo. A principios de este mismo año había tenido lugar en Granada, el día de San Sebastián, la conversión de Juan de Dios, el portugués loco por amor a Cristo. En marzo del año siguiente su nombre aparece en las actas capitulares del Cabildo eclesiástico de Granada. Es ahora ya maestro y se le confía la predicación de la bula.

Es ahora cuando el padre Ávila pone en obra un proyecto acariciado de mucho tiempo y organiza su congregación de sacerdotes operarios y santos. El poder arrebatador de su persona y su palabra había reunido en torno a él a muchos clérigos, en su mayor parte cristianos nuevos, hombres con fervores de novicios, a quienes juicios seculares cerraban las puertas de los mejores puestos. Ellos le dan la obediencia, sin votos desde luego, como a director de su movimiento sacerdotal. El les manda robustecer su vida interior: frecuencia de confesión y comunión, y no dejar nunca, a ser posible, las dos horas de oración, a la mañana y a la noche, sobre la Pasión y los novísimos.

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El darse al prójimo será para los suyos un desbordar de la vida del espíritu. Muchas noches se pasaba Ávila cosido a los pies de un crucifijo, pensando su sermón. Cristo crucificado era su libro. Decía él que Dios le había alquilado para dos cosas: para hacer llegar a los hombres al conocimiento de sí mismos, para que se despreciasen, y al conocimiento de Cristo, para que apreciasen los tesoros de sabiduría y amor que se encerraban en aquel pecho divino. Ávila, con todo, no era un hombre despegado, ajeno a las cosas de la vida. Por un pleito del archivo de protocolos de Córdoba de 1552 nos consta que era hombre de habilidades mecánicas y que había descubierto por su industria “cuatro artes o ingenios de subir agua de bajo a alto”.

Hacia 1546 Juan de Ávila y sus discípulos toman contacto con la Compañía de Ignacio de Loyola. Se cruzan cartas entre Ávila y San Ignacio, y se habla de la polvareda levantada por Melchor Cano contra la Compañía. Ignacio de Loyola muestra sumo interés por que el jesuita Villanueva se entreviste con el maestro. Escribiendo, a primeros de septiembre de 1550, sus impresiones, Villanueva manifiesta su admiración por la coincidencia de pensamiento entre el padre Ávila y la Compañía. “En tanta conformidad —dice— no parece quepa otro acuerdo: o que él se una a nosotros o que nosotros nos unamos con él.” De todos modos, había que trabajar por atraerle. “Traería tras sí mucha cosa el Ávila.”

Los discípulos del padre Ávila constituyen ahora tres grupos principales: uno, el de los doctores de Baeza con todos sus respectivos dirigidos y betas. Hay entre ellos frecuencia de sacramentos y largas horas de oración. Los que pueden desembarazarse de las obligaciones de sus casas se retiran a la soledad en unos caseríos donde tienen misa los días de fiesta, confiesan y comulgan. De estos principios ha de resultar luego la fundación descalza de la Peñuela.

Ellos serán quienes acogerán con júbilo el colegio universitario de la reforma, que abrirá San Juan de la Cruz en 1571. Otro grupo lo forman los solitarios del Tardón regidos por la prudencia del padre Mateo de la Fuente, quien comunica las cosas de su espíritu y de sus ermitaños con el padre Ávila, a quien va a visitar con frecuencia. Un tercer grupo reside en Extremadura, en Zafra y Fregenal sobre todo. Son los más extremosos: buscan en la oración consolaciones sensibles y preocupan al padre Ávila.

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El padre Ávila muere el 10 de mayo de 1569. Muere con una humildad ejemplar. A los que le hablan de cosas muy altas les ruega que le digan aquello que, para consolarles, se dice a los grandes pecadores. Le coge la muerte después de largos años de enfermedad y parece sorprenderle. Quisiera, dice él, mejor aparejarse para la partida. Se dice allí mismo misa de la Resurrección mientras se agrava. Los dolores le aprietan. “Bueno está, Señor; bueno está”, dice el padre Ávila. Y con voz muy flaca, muchas veces: “Jesús, María”. Un padre le tenía el crucifijo en la mano derecha y otra persona la vela en la izquierda.

 P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuente: Luis Sala Balust/Biblioteca Católica Digital (Mercaba).


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