El Rosario en Laetitiae Sanctae en Leon XII.

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Si oyésemos la propia voz de esta Madre amantísima decirnos: clama, ne cesses, queremos ocupar de nuevo vuestra atención, venerables hermanos, con el Rosario de María, en el momento próximo al mes de octubre, que Nos hemos consagrado a la Reina del cielo, y a esa devoción del Rosario, que le es tan grata, concediendo con tal ocasión a los fieles el favor de santas indulgencias.

 

De donde nace que en el hogar doméstico los hijos se desentiendan de la obediencia que deben a sus padres, no soportando ninguna disciplina, a menos que sea fácil y se preste a sus diversiones. De ahí viene también que los obreros abandonen su oficio, huyan del trabajo y, descontentos de su suerte, aspiren a más alto, deseando una quimérica igualdad de fortunas; movidos de idénticas aspiraciones, los habitantes de los campos dejan en tropel su tierra natal para venir en pos del tumulto y de los fáciles placeres de las ciudades. A esta causa debe atribuirse también la falta de equilibrio entre las diversas clases de la sociedad; todo está desquiciado; los ánimos están comidos del odio y la envidia: engañados por falsas esperanzas, turban muchos la paz pública, ocasionando sediciones, y resisten a los que tienen la misión de conservar el orden.

Contra este mal hay que pedir remedio al Rosario de María, que comprende a la vez un orden fijo de oraciones y la piadosa meditación de los misterios de la vida del Salvador y de su Madre. Que los misterios gozosos sean indicados a la multitud y puestos ante los ojos de los hombres, a manera de cuadros y modelos de virtudes.

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Puede esperarse del Rosario de María grandísimo socorro para fortalecer las almas (tan eficaz es la autoridad del ejemplo), si los misterios que se llaman dolorosos son objeto de una meditación tranquila y suave desde la más tierna infancia, y si luego se continúa meditándolos asiduamente. En ellos se nos muestra a Cristo autor y consumador de nuestra fe, que comenzó a obrar y a enseñar a fin de que encontrásemos en El mismo.
Aprendemos, ciertamente, que vendrá un tiempo en que Dios secará todas las lágrimas de nuestros ojos. en que no habrá más luto, ni quejidos, ni dolor, sino que estaremos siempre con Dios, parecidos a Dios, pues que le veremos tal cual es, gozando del torrente de sus delicias, con, ciudadanos de los santos, en comunión bienaventurada con la gran Reina y Madre.

 

 

 

 

 

Pero es fácil comprender que sentirán más abundantemente estas ventajas aquellos que, inscritos en la santa Cofradía del Rosario, se distinguen por una unión particular y verdaderamente fraternal y por su devoción a la Santísima Virgen. Pues estas cofradías, aprobadas por la autoridad de los pontífices romanos, colmadas por ellos de privilegios y enriquecidas de indulgencias, tienen su propia forma de orden y gobierno, tienen asambleas a fecha fija y gozan de poderosos apoyos, que les aseguran su prosperidad y las hacen grandemente provechosas para la sociedad humana.

Estos son ejércitos que combaten los combates de Cristo por sus misterios sagrados, bajo los auspicios y la guía de la Reina del cielo; se ha podido averiguar en todo tiempo, y sobre todo en Lepanto, cuán favorable se ha mostrado a sus súplicas y a las ceremonias y procesiones que ellos han organizado.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuente: Laetitiae Sanctae, León XIII, Sobre el Santo Rosario.


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