III Domingo de Adviento. (Gozo y Alegria) (Ciclo B)

En la liturgia preconciliar se denominaba a este día como el domingo “Gaudete”. Esta característica sigue vigente. La homilía de hoy debería ser una vibrante invitación a la alegría porque el Señor vino, viene, vendrá. El tema de este domingo es de alegria y gozo en la perspectiva de una realidad salvífica esperada, pero ya “misteriosamente” presente.

En este clima se mueve la primera lectura y el salmo responsorial. La segunda lectura es una invitación a la alegría y el evangelio nos presenta el motivo o fundamento de la misma: la venida del Señor.

La alegría es uno de los principales temas de las Escrituras; se le encuentra por todas partes en el A.T y en el N.T. La alegría del Evangelio es una alegría que viene de lo Alto, pero que, al mismo tiempo, debe surgir de un corazón de hombre: es una alegría divino-humana.
De las diversas actitudes que el tiempo de Adviento nos invita a vivir con intensidad, hoy se destaca una: la alegría, el gozo. De hecho, hoy es aquel domingo llamado tradicionalmente «Gaudete», precisamente por ese tono gozoso que sobresale a lo largo de toda la celebración.

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“La alegría es el gigantesco secreto del cristiano” (Chesterton). La gran verdad es que fuera del cristianismo no hay alegría. Verdad vieja. Tan vieja como las cartas de S. Ignacio de Antioquía, que -incluso cuando ya se sabía trigo de Cristo próximo a ser molido en los dientes de las fieras- se dirigía a sus fieles deseándoles “muchísima alegría”.(IGNACIO-ANTIOQUIA)

En el mundo también hay alegría, es cierto; pero una alegría falsa y poco duradera. Alegría es el reclamo que coloca el mundo ante las diversiones más estúpidas o menos dignas. La fuente de nuestra perenne alegría debe brotar más hondo: la alegría viene de un fondo de serenidad que hay en el alma. El motivo de nuestra alegría es porque Dios está cerca y porque viene a nosotros como Salvador, como Libertador (Ver Antífona de entrada).
Dios ha venido a habitar entre nosotros. Tenemos que tener mucho cuidado para descubrirlo en los acontecimientos y en las personas que nos rodean.

En este tercer domingo de Adviento aparece la figura de Juan con un nuevo perfil. Ya no vemos al áspero predicador de una urgente conversión, ni al ministro de un bautismo de penitencia, sino al testigo. Un testigo es el que da fe ante los demás de lo que personalmente conoce. “Ser testigo de Jesús es crear misterio en torno a la propia persona. Es hacer que la vida resulte absurda si Dios no existiera” (Card. ·Suhard-CARD). Los mártires se llaman “testigos” y el martirio se llama “testimonio”.

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Domingo de Gaudete: esperamos a Dios no con temor y temblor, sino con alegría. El profeta anuncia su llegada en la primera lectura e indica la razón de esta alegría: la venida del enviado del Señor significará la curación y la liberación para todos los pobres, atribulados, cautivos y prisioneros.
Este «año de gracia del Señor» nos concierne a todos, porque en el fondo todos nosotros estamos encerrados en nosotros mismos, encadenados por nosotros mismos; no somos incólumes, sino que somos tan pobres y estamos tan atribulados que no podemos curarnos a nosotros mismos.

Tres temas parecerían surcar las lecturas del domingo presente: la presencia del Espíritu, la importancia de la predicación de los profetas, y la inminencia del fin de los tiempos.

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Entramos en la espera inmediata de Navidad y es justo que pongamos nuestra mirada en aquel que sólo puede ser causa de nuestro gozo cumplido, el Señor que es fiel a sus promesas, que no falla, que no hace acepción de personas, que viene para los pobres, los que están tristes, los que en las noches oscuras de la fe y de la esperanza ponen su confianza sólo en él.

En este 3er domingo de Adviento, volvemos a leer al profeta Isaías. Se trata de un pasaje perteneciente al llamado “Tritoisaías”, los capítulos 55 a 66 del libro del profeta, que fueron escritos por un discípulo suyo, muchos años después de su muerte, en los años que siguieron a la vuelta del destierro (538 a.C.). Escuchamos la voz de un inspirado autor que reconoce estar imbuido del Espíritu Divino, y se identifica a sí mismo como ungido por Dios para anunciar la salvación a favor de los más necesitados.

Jesús se aplicará este pasaje, según el evangelista Lucas (Lc 4,16-22), presentándose como el Mesías lleno del Espíritu Santo, que anuncia la buena noticia a los pobres y que inaugura el año jubilar definitivo, cuando Dios interviene personalmente en nuestra historia.

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La 2ª parte del texto de Isaías que hemos leído hoy habla del gozo y la alegría desbordados, como reacción comprensible ante la llegada de Dios.
Otra imagen empleada en el texto del profeta es la de la tierra fecunda, la del jardín cuidado, que brota y florece, precisamente de justicia y de cantos de alegría para todos los pueblos. También Jesús hablará en su predicación mesiánica del Reino, en términos de cosechas abundantes y de campos fértiles.

P. Jorge Neson Mariñez Tapia.
Fuentes: P. Franquesa/ Maertens-Frisque/Elvira/ Biblioteca Catolica Digital (Mercaba)


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