IV Domingo de Adviento. Ciclo B. (La Figura por Excelencia del Adviento: La Virgen Maria).

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Este domingo último de Adviento es ya una preparación inmediata de la celebración de la Navidad. María nos es presentada como el gran ejemplo de cómo abrirse a la venida del Señor.

“El Señor está contigo”, se le dijo a María. El Señor está con nosotros, se nos dice hoy. Para fecundar nuestra vida. Sólo es preciso una condición: que nos abramos muy de verdad a su venida.

La primera lectura de hoy nos ofrece una posibilidad de reflexión ante la inmediata celebración de la Navidad. Quizá nosotros, como David, estaríamos tentados a pensar que debemos corresponder al amor de Dios haciendo algo. David quería construir un templo para el Señor; nosotros quizá pensemos en dar algo, en hacer mañana o en uno de estos días de Navidad aquello que llamamos “una obra de caridad”.

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Celebraremos con sincera alegría la Navidad, nos sentiremos mejores, que queremos ser mejores. Pero el Señor dice a David que lo que importa no es tanto que le construya un templo sino estar siempre junto con su pueblo.

Dios -es el sentido de que se haga hombre como nosotros- quiere que le recibamos, que le acojamos, en el centro, en el corazón de nuestra vida.
Una humilde muchacha, María de Nazaret, es nuestra mejor maestra en la víspera de Navidad. Después de tres semanas de Adviento nos disponemos, en unión de miles y miles de comunidades cristianas en todo el mundo, a celebrar el misterio central de la historia: el nacimiento del Hijo de Dios como Hermano nuestro.

Por eso, hoy, último domingo de Adviento, la recordamos con gozo en nuestra Eucaristía. Porque Dios la llenó de gracia. Porque creyó. Porque esperó. Porque fue madre. Realmente María es la que mejor ha celebrado en la historia el Adviento y la Navidad. Hemos leído cómo a David se le prometió que iba a tener una dinastía eterna, y que de su descendencia iba a salir el Mesías Salvador.

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Cada Eucaristía es Navidad, porque es presencia intensa y especial del Salvador entre nosotros. Con la de hoy, es como más profundamente nos preparamos a celebrar el Misterio del Nacimiento, la Fiesta de la Navidad.

Estos domingos de Adviento quieren prepararnos para que vayamos centrando todo nuestro corazón, toda nuestra mente, todos nuestros sentidos en Jesús de Nazaret.

Los domingos anteriores era Juan Bta quien nos decía: no estáis preparados para recibir el regalo de Dios… “preparad el camino del Señor… está en medio de vosotros y no le conocéis”…

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En este domingo, ya tan próximo a la fiesta de la Navidad, es la mujer MARÍA quien afortunadamente se encuentra ya preparada para acoger el don de Dios.
El evangelista Lucas ve en María la réplica de la escena descrita por Samuel con relación al arca y a David.

También a ella se dirige el Señor con el favorable saludo: «El Señor está contigo», y se la invita a realizar lo que Dios le proponía.

Por medio de María comprendemos hasta qué punto Dios fue fiel a su palabra de vivir en un templo y en una casa absolutamente humanos: es la calidez del seno de María la morada del Altísimo, y por María, toda la humanidad recibe a su Señor como huésped.

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Nuestra preparación y espera gozosa de Adviento no está completa sin María, la Madre de Dios. El Evangelio de san Lucas nos presenta a la Virgen en la Anunciación. Con sencillez y humildad María dijo: “SI” a Dios. Desde este momento el Verbo se encarna en nuestra humanidad; Jesucristo es el Hijo de David, pero también nuestro Hermano. Nos ponemos de pie, para escuchar esta Buena Nueva, pero antes entonemos el Aleluya.

Padre Raniero Cantalamessa (El Predicador del Papa):

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

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Con estas palabras María hizo su acto de fe. Acogió a Dios en su vida, se confió a Dios. Con aquella respuesta suya al ángel es como si María hubiera dicho: «Heme aquí, soy como una tablilla encerada: que Dios escriba en mí todo lo que quiera». En la antigüedad se escribía en tablillas enceradas; nosotros ahora diríamos: «Soy un papel en blanco: que Dios escriba en mí todo lo que desee».

La fe de María no consistió en el hecho de que dio su asentimiento a un cierto número de verdades, sino en el hecho de que se fió de Dios; pronuncio su «fiat» a ojos cerrados, creyendo que «nada es imposible para Dios».

En verdad María nunca dijo «fiat» porque no hablaba latín, ni siquiera griego. Lo que con toda probabilidad salió de sus labios es una palabra que todos conocemos y repetimos frecuentemente. Dijo «¡Amen!». Esta era la palabra con la que un hebreo expresaba su asentimiento a Dios, la plena adhesión a su plan.

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La fe es el secreto para hacer una verdadera Navidad; expliquemos en qué sentido. San Agustín dijo que «María concibió por fe y dio a luz por fe»; más aún, que «concibió a Cristo antes en el corazón que en el cuerpo». Nosotros no podemos imitar a María en concebir y dar a luz físicamente a Jesús; podemos y debemos, en cambio, imitarla en concebirle y darle a luz espiritualmente, mediante la fe. Creer es «concebir», es dar carne a la palabra. Lo asegura Jesús mismo diciendo que quien acoge su palabra se convierte para él en «hermano, hermana y madre» (Cf. Marcos 3,33).

Vemos por lo tanto cómo se hace para concebir y dar a luz a Cristo. Concibe a Cristo la persona que toma la decisión de cambiar de conducta, de dar un vuelco a su vida. Da a luz a Jesús la persona que, después de haber adoptado esa resolución, la traduce en acto con alguna modificación concreta y visible en su vida y en sus costumbres. Por ejemplo, si blasfemaba, ya no lo hace; si tenía una relación ilícita, la corta; se cultivaba un rencor, hace la paz; si no se acercaba nunca a los sacramentos, vuelve a ellos; si era impaciente en casa, busca mostrarse más comprensiva, y así sucesivamente.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuentes: (ZENIT.org)/ J. Gomis/ J. Alfazabal/Dabar/Santo Benetti

 


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