Epifania del Señor (Manifestación del Señor).

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El Martirologio romano anuncia este día como: «Solemnidad de la Epifanía del Señor, en la cual se celebra la triple manifestación del gran Dios y Señor nuestro Jesucristo: en Belén, el Niño Jesús es adorado por los magos; en el Jordán, es bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo y aclamado por el Padre; en las bodas de Caná de Galilea manifestó su gloria, convirtiendo el agua en vino«. De esa triple manifestación trata el siguiente comentario.

Epifanía es una fiesta de origen oriental. El mismo nombre lo indica. También en este caso, como en navidad, la fiesta cristiana ha surgido como réplica a la heliolatría o culto solar pagano.

Los datos que nos permiten detectar los orígenes de la fiesta son escasos y tardíos. Hay, sí, un testimonio antiguo, pero va referido a una secta gnóstica extendida en Egipto y es de escasa relevancia histórica. Este testimonio nos lo facilita Clemente de Alejandría (entre el 150 y el 215). Hablando de la fiesta del nacimiento de Cristo, nos asegura que algunos lo fijan el 20 de mayo.

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El eco que esta solemnidad ha tenido en la gran Iglesia es nulo. De hecho, Orígenes no la conoce. Habrá que esperar a finales del siglo IV para tener noticias fidedignas sobre la extensión de la fiesta de epifanía en Oriente. Los gnósticos discípulos de Basilides, a quienes se refiere Clemente en el texto citado, celebraban el nacimiento del Señor en la fecha del bautismo en el Jordán.

Fue entonces, según ellos, cuando la humanidad de Jesús fue asumida por la divinidad. Ése fue el momento de su verdadero nacimiento. Y citaban aquellas palabras misteriosas que se oyeron en el momento del bautismo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto» (Lc 3, 22).

El primero que nos ofrece una información precisa sobre la existencia de la fiesta de epifanía en Egipto es precisamente un occidental: Casiano. Éste, con motivo de una visita a los monasterios de Egipto hacia el año 400, nos refiere cómo el patriarca de Alejandría enviaba una carta circular, después de la fiesta de epifanía, a todas las Iglesias que caían bajo su jurisdicción.

El testimonio de Casiano nos da pie a pensar que en esa época, a finales del siglo IV, sólo se celebraba en Egipto la fiesta del 6 de enero. En la misma época, la Iglesia de Jerusalén sólo celebraba la solemnidad del 6 de enero, conmemorando únicamente el nacimiento del Señor y sin hacer ninguna referencia a su bautismo en el Jordán.

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Al final del siglo IV la fiesta de epifanía aparece ya en todas las Iglesias orientales. En un primer momento, antes de incorporar la fiesta romana del 25 de diciembre, esas Iglesias celebraban en el día 6 de enero el nacimiento del Señor y, con frecuencia, su bautismo en el Jordán. En algunas partes, incluso en esa misma fecha, se celebraba la adoración de los magos y el milagro de Caná. Al introducirse la fiesta de navidad, en cambio, la conmemoración del nacimiento del Señor se celebrará el 25 de diciembre, quedando para el 6 de enero la referencia al bautismo en el Jordán.

La Fiesta de Epifanía se introduce algo más tarde en Occidente. En la Galia es donde aparece por primera vez, quizás hacia el 361. En esa fiesta las Iglesias galas celebraban el nacimiento de Cristo. Hacia el 380, en la Iglesia hispana, junto con la fiesta del 25 de diciembre, se celebra también la fiesta de epifanía.

En esa solemnidad se conmemora la adoración de los magos. En la Italia del Norte, hacia el 383, aún no había sido introducida la fiesta de epifanía. En todo caso, allí donde se celebraba, epifanía no revestía la importancia y el relieve que tenía la fiesta de navidad. En Roma es conocida y celebrada la doble festividad en tiempos de San León (siglo V).

Navidad y Epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor.

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El contenido de la Fiesta de Epifanía aparece claramente definido en dos antífonas, ya existentes en el antiguo breviario y que la nueva Liturgia de las Horas ha conservado en su oficio: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial ‘Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona para el Benedictus).

Y en la antífona para el Magníficat en II Vísperas: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».

La tradición popular ha vinculado siempre la fiesta de epifanía con el episodio de los reyes magos. Lo cual se justifica, en efecto, por las referencias que hacen a los magos casi todos los elementos propios de la fiesta, tanto en la misa como en el oficio. Sin embargo, las dos antífonas citadas vienen a ser como la clave de interpretación de todo el conjunto. Esto nos obliga a considerar el contenido de la fiesta desde la perspectiva que señalan dichas antífonas.

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Tanto navidad como epifanía celebran el misterio de la manifestación del Señor. La misma significación del vocablo griego lo indica. Los distintos episodios que entran en juego a lo largo de la fiesta (adoración de los magos, bautismo de Jesús en el Jordán, bodas de Caná, presentación en el templo, etc.), tanto el día 6 de enero como en días sucesivos, deben ser interpretados, no en la desnudez pura y simple del episodio, sino como momentos importantes en los que Jesucristo se manifiesta como Hijo de Dios y como Mesías salvador. Éste es el aspecto nuclear, el que llena de sentido y de coherencia interna el contenido de la fiesta.

La tradición popular, que ha considerado la epifanía como la «fiesta de reyes», ha puesto el énfasis en el aspecto «real» de Cristo. Él es el rey de reyes. Por eso la fiesta llegó a convertirse en un reconocimiento de la realeza de Cristo, en una celebración de Cristo-Rey.

Con todo, hay que tener en cuenta que la tradición antigua nunca consideró reyes a los magos, a excepción de Tertuliano. Según el autor africano, los magos eran reyes venidos de Arabia. Más aún: la celebración de la realeza de Cristo hay que entenderla como una extensión del reconocimiento de Cristo como Señor, Salvador y Mesías.

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Por tanto, «es al Kyrios, creador de todas las cosas, Señor de los siglos y de los imperios, aparecido en la carne y venido para establecer su reinado mesiánico en la plenitud de los tiempos, al que se dirige el homenaje de la Iglesia en esta solemnidad de la epifanía».

En este sentido hay que entender las palabras del canto de entrada en la misa de la fiesta: «Mirad que llega el Señor del señorío: en la mano tiene el reino, y la potestad, y el imperio».

Los magos, procedentes del paganismo, son considerados como las primicias de la Iglesia venida de la gentilidad y escindida de la Sinagoga. La de los magos, su actitud ante el niño de Belén, es interpretada como expresión anticipada de la fe de la Iglesia.

Ellos mismos son figura de la Iglesia. De una Iglesia abierta y sin fronteras, no cerrada a los límites de la raza o de la sangre, sino universal; no esclava de la ley, sino libre. A la vuelta de cada año los magos nos traen como una bocanada de aire fresco, un retoño de juventud y de universalidad para la Iglesia.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuentes: José Manuel Bernal Llorente/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba).


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