IV Domingo de Cuaresma, Ciclo B.  El Domingo de la Alegría.

 

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“Tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” Nos estamos acercando hacia la Pascua; misterio central en nuestra vida cristiana.  Las lecturas de la misa de este cuarto domingo de Cuaresma son un canto de alegría al mostrarnos que el amor de Dios por nosotros no solo lo manifestó en palabras, sino con obras, al enviar a su Hijo para nuestra salvación.

Todo el camino de la cuaresma está marcado por la caridad, la oración, la conversión. La antífona de entrada nos pone en clima cuando nos dice “alégrate Jerusalén… llenaos de alegría los que estáis tristes…” Jesús revela así que la salvación está cerca, y nos invita a poner la mirada en ella. En su cruz, y en su resurrección, cuya conmemoración anual es muy cercana: faltan dos semanas.

En el Antiguo Testamento se nos relata que el Señor envió serpientes abrasadoras en contra del pueblo de Israel, porque habían hablado en contra de Dios. Cuando el pueblo se arrepintió, el Señor le pidió a Moisés que fabricara una serpiente y la colocara sobre una asta, para que se curara todo el que la mirara (Nm 21, 4-9).

La serpiente puesta sobre una asta, le explica Jesús a Nicodemo, era un signo de que ya no una figura de bronce, sino una persona, -el Hijo del hombre- sería puesto sobre un palo -la cruz- para que todo el que lo vea con los ojos de la fe, para que todo el que crea en él, se salve.

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La historia de Israel, como seguramente también la nuestra, es una historia de idas y vueltas, de pecado y de conversión. Hoy hemos escuchado en la primera lectura un resumen de esta historia, referente al tiempo del destierro a Babilonia.

La infidelidad de Israel, desde los jefes y sacerdotes hasta el pueblo, fue en verdad grande. Aquella Alianza que tan solemnemente habían firmado y prometido cumplir con Moisés a la salida de Egipto, y que recordamos el domingo pasado, estaba ya olvidada. Israel abandonó a su Dios y se hizo otros dioses más cómodos.

El amor de Dios supera siempre nuestro mal. Esto es también lo que hemos escuchado decir a san Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo… Así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros”.

En Cuaresma somos invitados de modo especial a confiar en esta misericordia de Dios y a reconciliarnos con El. Como Israel, se nos presenta el camino para volver del destierro, del pecado, y a renovar en nuestras vidas la Alianza con Dios.

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El evangelio de hoy es una meditación sobre la obra del amor de Dios manifestada en la cruz de Jesucristo. Mirar a Cristo crucificado. Es la señal de los cristianos. La historia de la serpiente levantada en el desierto se repite ahora y conviene que se repita, que seamos capaces de mirar y realizar este signo.

La primera lectura es característica y, podemos decir, “típica” tanto de la conducta de los hombres como del proceder de Dios. Jesús también nos invita a empeñar nuestra vida en él. Nos invita, como invitó a Agustín, a dejar las tinieblas y vivir desde la Luz. Nos invita, sobre todo a Creer en él y, como dijo San Agustín, amarle. Pero Agustín también sabía que amar es dejarse tranformar por aquel a quien entregamos nuestro amor.

En  nuestro caminar hacia  la Pascua, vamos recorriendo etapas que nos ayudan a purificarnos de tantas cosas que no son la realidad liberadora  que debe ser la fe  en el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo. Nuestra fe, o sea el modo nuestro de vivir la religión, puede convertirse  en obstáculo  al encuentro con el Dios de Jesús que  es nuestro Dios.

En este IV domingo de la cuaresma se nos presenta la marcha del pueblo de Dios en medio de  sufrimientos y esperanzas: destierro-repatriación del pueblo; ruina-restauración  del templo; juicio y gracia de  Dios (primera lectura) con el que fácilmente podemos identificarnos.

La segunda lectura nos ayuda a ver que el camino, con sus luces y sombras, adquiere un sentido nuevo a la luz de la fe en un Dios que es misericordia y amor, y que por pura gracia toma la iniciativa de la salvación. Pero esta salvación tiene un precio, pasa por el camino de la cruz (tercera lectura). Volver  siempre la mirada a la cruz, cumbre de la  manifestación de ese Dios, libera de las falsas imágenes de Dios  que se nos van adhiriendo  en la marcha.

Hoy al mismo tiempo que damos gracias al Padre por su amor gratuito damos gracias por esta alegría inmensa de la vida nueva, de la creación nueva en nosotros por el Bautismo. Todas las infidelidades, como leímos, conducen al cautiverio. Es la esclavitud del pecado. Hay que ser conscientes de esta realidad que conlleva cada pecado, para evitar caer en la tentación y encadenarnos.

 

 

De la esclavitud del pecado no podemos salir nosotros mismos por nuestras obras, como escuchamos en la segunda lectura. Necesitamos un libertador, alguien que decrete que la opresión ha finalizado, como hizo Ciro. A pesar de nuestras infidelidades, la misericordia de Dios fue más grande como escribió San Pablo. Dios nos amó tanto, que nos entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna, como escuchamos en el Evangelio.

Jesús nos invita a hacer obrar el bien, a realizar acciones que queremos que vea él. Nos invita a realizar obras de la luz. La Luz es Dios. La característica divina que hoy nos presenta el Evangelio es que ama tanto al mundo. Por tanto, nos invita a amar al mundo, a amar a nuestros semejantes con obras concretas.

En esta Cuaresma podemos preguntarnos, ¿estoy amando a mis semejantes con obras concretas?, ¿cómo estoy tratando a mi familia, y a mis amigos?, ¿cómo trato a los que no son mis amigos, incluso a los que te han hecho el mal?, ¿buscas vengarte, hacerles el mal?

La Cuaresma nos invita a intensificar la práctica de las obras de misericordia, a manifestar nuestro amor a nuestros semejantes, como Dios que amó tanto a los hombres que envió a su propio Hijo para salvarnos. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, dar de comer, dar techo, vestir, visitar, enterrar. Concédenos, Señor, que estos verbos los conjuguemos en primera persona; que los conjuguemos porque los practicamos, no porque simplemente los décimos; que en esta Cuaresma dejemos la vida de las tinieblas, que sintamos nostalgia por volver a ti, y que en ti y por ti practiquemos las obras de amor a los demás, que son propias de ti.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: J. Alzadbal/Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/Card. Eduardo Pironio.

 


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