Domingo V de Cuaresma. Ciclo B. “La Nueva Alianza y La Hora”

 

 

 

 

Hemos escuchado en la primera lectura cómo el profeta Jeremías, después de haber sufrido por la ruina de su pueblo, Israel, con el destierro a Babilonia, ahora de parte de Dios, anuncia, por primera vez en todo el Antiguo Testamento, una Nueva Alianza.

“Mirad que llegan días en que haré con la casa de Israel y la cada de Judá una alianza Nueva”. Dios sigue fiel a su promesa y a su Alianza: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. A pesar de la dureza del corazón de su pueblo, Dios no le abandona. Por sus profetas le va conduciendo, le va exhortando a la conversión.

La Alianza que anuncia Jeremías será más perfecta, más interior. No quedará grabada, como la de Moisés, en unas tablas de piedra: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones”. “Todos me conocerán, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados”.

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Nos estamos acercando a la Semana Santa y la Pascua. Contemplamos esta figura de Cristo caminando hacia su Cruz y dispongámonos a incorporarnos también nosotros al mismo movimiento de su Pascua: muerte y vida, renuncia y novedad.

La nueva alianza de Jeremías. El primer párrafo de la lectura resume lo que veíamos en los dos domingos anteriores: una Ley, un estilo de vida que Dios encomendó a su pueblo, y la ruptura del pueblo con este estilo.

Juan, en el Evangelio de hoy, nos insiste en que ha llegado la hora de Jesús, o que va a llegar.-La cruz como lugar de Dios. La cruz se convierte en el lugar de la revelación de Dios para el hombre de todos los tiempos.Evangelio-copia-1.jpg

Por eso la cruz es la señal de los cristianos y ante ella hay que tomar las grandes decisiones. La cruz de Cristo es la gran voz del cielo, que algunos confunden con un trueno, de que nos habla el Evangelio de hoy.

El 5º domingo sigue detallando la obra de salvación en la que nos encontramos empeñados. El grano muere y da fruto; este fruto cultivado en la obediencia es la salvación eterna, nueva Alianza en el olvido de las faltas pasadas.

La hora” está aquí unida a !a “glorificación”. Este último término en Juan abarca la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús. El verso 23 del evangelio de este día une ambos términos: “Jesús les respondió: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn. 12,23).

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La hora de Jesús. La hora de poner las cosas en su sitio. La hora de la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Pero esa hora tiene también un lado terrible, un costo muy alto: la cruz. Jesús tiembla.

«A gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía liberarlo de la muerte». El hombre que hay en Él se encrespa, entero, ante el dolor supremo que se le viene encima. «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esa hora».

La hora esperada y temida ha llegado. Es la hora de Dios y la hora del diablo. Jesús se pone nervioso y entra en crisis.

El diablo que le tentó en el desierto, aguarda impaciente esta oportunidad y volverá a la carga. Nuevas tentaciones, no por el halago, la vanidad o la soberbia, sino por el miedo y la agitación, por la duda y la desesperación, por el dolor y el abandono.

Es en la cruz en donde Jesús es levantado. Donde se manifiesta la altura de su amor por nosotros, y donde nos atrae a todos. Una antigua costumbre de la Iglesia, que en algunos lugares se conserva, es  cubrir las cruces con un velo este día.

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El velo se retira el Viernes Santo, en el rito de la adoración de la cruz, mientras se dice: “Miren el árbol de la cruz”. Nosotros queremos ver a Jesús, como los griegos. Esa es nuestra petición. Y lo veremos el Viernes Santo, ya no como grano sino como árbol.Lo veremos, nos arrodillaremos ante él, y lo adoraremos.

Al decir que si el grano de trigo muere produce fruto, Jesús nos enseña que no hay resurrección sin muerte. Nos enseña el secreto de la vida: no hay  triunfo sin sufrimiento; no lay alegría sin dolor. Con eso le da respuesta a muchas de las preguntas profundas que nos hacemos, ¿por qué hay dolor? ¿por qué hay muerte? Todo eso tiene un sentido: la resurrección.

Jesús obedeció porque amaba a su Padre. Jesús padeció porque nos ama. Nosotros estamos llamados convertirnos en otros granos de trigo, a vivir por amor que, paradójicamente, es perder la propia vida por amor a Dios y a nuestros semejantes.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: J.Alzabal/Adrien Nocent/ Jorge Guillen Garcia/ Liturgia Papal/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba)


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