El Oficio De Tinieblas

 

El Oficio de Tinieblas es una celebración que, conforme a la normativa litúrgica anterior al Concilio Vaticano II, se lleva a cabo los días de Miércoles Jueves y Viernes Santos, al caer la tarde.

Se trata del rezo de la Liturgia de las Horas según el antiguo breviario romano, pero que en Semana Santa en vez de rezarlos en la hora del día correspondiente se anticipaban a la víspera por la tarde, para no interferir en los oficios solemnes de estos días. Al celebrarlo en al caer la noche tenía la peculiaridad de hacerse en las “tinieblas”.

“En los tres días antes de Pascua”, dice Benedicto XIV (Institut., 24), “las laudes siguen inmediatamente a maitines, que en esta ocasión terminan con el final del día, para denotar la puesta del Sol de Justicia y la oscuridad del pueblo judío que no conoció a nuestro Señor y lo condenó al patíbulo de la cruz.” Originalmente en estos días, como en las demás estaciones del año, los maitines se cantaban poco después de medianoche, por lo tanto si se apagaban las luces, la oscuridad era completa.

 

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Las velas y las lámparas se apagaban gradualmente durante los tres nocturnos del viernes, mientras que el Sábado la iglesia estaba en la oscuridad de principio a fin, salvo una sola vela que se mantenía cerca del atril para facilitar la lectura.

El oficio del miércoles recorre la Pasión entera del Señor; el del jueves insiste sobre su Muerte y su larga agonía; y el del viernes celebra sus exequias y su sepultura. Este oficio presenta casi todas las características de un funeral: salmos, antífonas y responsorios lúgubres y lamentables, ningún himno, ninguna “doxología”; tonos severos y sin acompañamiento de ningún instrumento musical.

Durante ese oficio, todas las luces del templo tenían que estar apagadas, y en el centro lucía un candelabro especial llamado tenebrario, con quince velas encendidas.

 

Al finalizar cada salmo se apagaba una vela, hasta que progresivamente toda la iglesia se quedaba a oscuras. La última vela, la superior, no se apagaba, sino que se llevaba a la parte de atrás del altar para ocultarlo mientras se cantaba el salmo “Miserere”. Terminado el Miserere,  mientras se apagaban las velas del altar, el clero y los fieles producía un ruido de manos, de libros y matracas para simular las convulsiones y trastornos naturales que sobrevinieron al morir Jesucristo.

De este apagado progresivo de las luces hasta la plena oscuridad viene que, en la Vigilia Pascual, el templo se encuentre en completas tinieblas al empezar la celebración, oscuridad que romperá la Luz de Cristo resucitado simbolizado en el Cirio Pascual, hasta iluminar por completo la iglesia poco a poco.

Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Liturgia Papal/ ec.aciprensa.com/ Mercaba.


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