La Vigilia Pascual (La Fiesta de la Fiesta).

 

 



El sábado santo presenta una fisonomía particular. A excepción  de los oficios de origen más bien monástico, como es el oficio de  maitines, ese día no se celebra oficio del día ni siquiera el vespertino. El sábado santo se caracteriza también por el ayuno  hasta la noche. Ayuno festivo: se ayuna a la espera de la vuelta del Señor.

Esa mañana, en Roma se tenía una sola celebración: la “entrega  del Símbolo” y el último exorcismo que precedía a la renuncia solemne .

La Iglesia de Roma se  interesa por él de modo particular este sábado, en el momento en  que el catecúmeno se va a situar entre los suyos, en esa noche de la Pascua.

Los libros antiguos nos refieren el desarrollo de la ceremonia  matinal. En Cuaresma, los catecúmenos habían pasado primero tres  escrutinios y posteriormente otros seis.

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El último escrutinio adopta  un aire más solemne. Se les había “entregado” el Símbolo, el  celebrante les había dado un comentario de los artículos de la fe, y  ahora ellos debían recitar el Símbolo que habían aprendido de memoria. No se trataba de una verdadera profesión de fe.

Pero se quería tener una información sobre sus conocimientos y  disposición para profesar su fe en el acto bautismal. Más impresionante aún era la renuncia solemne a Satanás por  parte de los catecúmenos. Antiguamente iba precedida de la imposición de manos por el obispo, del Effeta y de la unción.

El  catecúmeno renunciaba entonces a Satanás, a sus pompas y a sus  obras. Con justificada preocupación pastoral, la palabra “pompas”  ha sido traducida por “seducciones”. Hay que reconocer, sin embargo, que esta traducción sólo imperfectamente da lo  significado por la palabra original.

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la ceremonia era más expresiva  aún, como por ejemplo en Oriente, donde se practicaba el rito de la  expectoración: el catecúmeno escupía en dirección al Occidente, significando con ello su desprecio a las fuerzas del mal. Los Padres  se han complacido en describir esta renuncia solemne en la que el catecúmeno, comprometiendo su lealtad de hombre, declaraba apartarse del “mundo”.

Aludiendo a aquel antiguo escrutinio, la Iglesia invita hoy a todos  los bautizados a renovar esta renuncia, que irá seguida de la renovación de las promesas del bautismo.

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Bendicion del Cirio de Pascual:

en esta bendición del nuevo fuego  lo mismo que en la bendición del cirio pascual y en la bendición del  agua bautismal, hemos de ver los efectos de la redención.

El mundo  adquiere ya una nueva faz, la criatura infrahumana recupera su  sitio, vuelve a integrarse en la unidad, deja de ser enemiga, y recobrando el sentido de servicio, se convierte de nuevo en  instrumento de gracia.

El nuevo fuego es asperjado en silencio, después se toma parte  del carbón bendecido y, colocado en el incensario, se pone incienso  y se inciensa el fuego tres veces. Mediante este sencillo rito reconoce la Iglesia la dignidad de la creación que el Señor rescata. Pero la cera, a su vez, resulta ahora una criatura renovada.

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Se  devolverá al cirio el sagrado papel de significar ante los ojos del  mundo la gloria de Cristo resucitado. Por eso se graba en primer lugar la cruz en el cirio. La cruz de Cristo devuelve a cada cosa su  sentido.

El canon de la misa romana expresa bien esta universalidad  del gesto de la redención, cuando dice: “Por él (Cristo) sigues  creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los  bendices y los repartes entre nosotros”.

Al grabar la cruz, las letras  griegas Alfa y Omega también las cifras del año en curso, el  celebrante dice: “Cristo ayer y hoy. Principio y Fin. Alfa y Omega.  Suyo es el tiempo. Y la eternidad. A él la gloria y el poder. Por los  siglos de los siglos. Amén”. Así expresa el celebrante con gestos y  palabras toda la doctrina del imperio de Cristo sobre el cosmos, expuesta en san Pablo.

En la última reforma se  ha dejado una gran libertad, y pueden omitirse estos ritos o elegir  uno u otro. Se ha creído conveniente conservar aún los cinco granos de incienso, cuyo origen proviene de una mala lectura de un  texto latino, al haber confundido el lector la palabra “incensum”, que significa “encendido” y se refiere al cirio, con “incienso”, que es otro  significado de la misma palabra.

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Esta confusión dio origen a los  “granos de incienso”, que han pasado a significar simbólicamente  las cinco llagas de Cristo: “Por sus llagas santas y gloriosas nos  proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Tras el cirio encendido que representa a Cristo, columna de  fuego y de luz que nos guía a través de las tinieblas y nos indica el  camino a la tierra prometida, avanza el cortejo de los celebrantes.

Se escucha el primer “Lumen Christi”, Luz de Cristo. Se avanza un  poco y, cuando el celebrante acaba de encender en el cirio pascual su propia vela, el diácono vuelve a cantar en tono de voz más  elevado: “Luz de Cristo”; y se responde: “Demos gracias a Dios”. Entonces se encienden en el cirio pascual las velas del clero.

 

*La Eucaristia.

Ella constituye  la cumbre de la celebración de la Vigilia. De ella reciben su  dinamismo el bautismo y la confirmación, y a ella conducen ambos.  Es la eucaristía más solemne de todo el año, incluso más que la del  jueves santo.

La Eucaristía es la verdadera Pascua de la Iglesia. Ella realiza el  continuo pasar a la vida definitiva, es actualización del misterio de la  Pascua, purificación del hombre. De ella depende la remisión de los pecados en el bautismo. La Iglesia se edifica y se consolida constantemente por  medio de la repetición de la Cena pascual confrontada con el  sacrificio único de la Cruz y ofreciéndolo al Padre con el Hijo.

La Eucaristía está íntimamente  unida a la resurrección del Señor. Pues sin la resurrección de  Cristo. La Eucaristía supone la resurrección y se la comunica a  los hombres; lo mismo que dice Jesús “Yo soy la resurrección y la  vida”, dice también “Yo soy el Pan de vida”.

 

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Sin la resurrección, la  eucaristía sería una mera comida de fraternidad, carente de toda  actividad que comunicara la vida de Dios, y no sería creadora. Porque todavía hay otro aspecto en el que debemos pensar:  Cristo en la eucaristía, por haber resucitado, domina verdaderamente el mundo, supera nuestra muerte en su resurrección y el mundo va siendo así transfigurado lentamente por  la eucaristía que le comunica la incorruptibilidad.

Así pues, celebrar la eucaristía es, y muy especialmente en esta  Noche de la resurrección de Cristo, la cumbre absoluta de la actividad de la Iglesia, el acto clave en la celebración de la Vigilia  pascual.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/Adrien Nocent, El Año Liturgico.


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