II Domingo de Pascua. (Domingo Quasimodo o de la Misericordia). Ciclo B

El acontecimiento pascual, Muerte y Resurrección del Señor, rehizo la fe del Colegio apostólico y puso en marcha la obra de Cristo, que es la Iglesia como comunidad de creyentes reunidos en Cristo, vivientes de su Palabra y de su Eucaristía.

El Ritual de la Iniciación Cristiana prevé que esta semana sirva para una toma de conciencia de lo que nace en la noche de Pascua. Conservando el vestido blanco (“in albis”), que simboliza la nueva dignidad de hijos de Dios y la nueva vida interior, los bautizados profundizan en el significado de los misterios que han tenido la suerte de vivir: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

La renovación de las promesas del Bautismo que hicimos la noche de Pascua, en “la madre de todas las Vigilias”, es sólo la ratificación de que estamos dispuestos a continuar en la brecha de la vida cristiana hasta que el Señor quiera que vivamos con Él la Eterna Pascua. Es por lo que éste no es un tiempo de llegada, sino de marcha y de camino.

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La lectura evangélica de este segundo domingo de Pascua es la única que se repite en los tres ciclos del que consta el leccionario de la misa dominical. Esto nos ha de alertar sobre su importancia.

Por designio del Papa Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular.

Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia.

«Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.

Jesucristo resucitado nos concede su Espíritu y el don de la paz!” El día primero de la semana”. Estamos celebrando la fiesta de la resurrección del Señor, a la que nos hemos preparado durante cuarenta días, y que celebramos durante cincuenta, que culmina con el regalo que Jesucristo resucitado hace a su Iglesia y a todos nosotros: su Espíritu, Pentecostés.

Este regalo de su Espíritu también lo encontramos en el “día primero” de la semana que inaugura el nuevo tiempo de Dios.

“Paz a vosotros”. Es el saludo de Jesucristo resucitado a los suyos. El saludo pascual de Jesucristo resucitado nos dice que este tiempo ya ha llegado. El ofrece la paz, porque por medio de El, y creyendo en El, es posible la experiencia de la alianza, de la intimidad con el Señor; la experiencia constante del amor tierno y esponsal de Dios; es posible la comunión fraterna, que es reflejo de la comunión con Dios.

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Jesucristo resucitado nos da la paz porque nos da el Espíritu Santo, que es Aquel que nos introduce cada día, en la comunión con el Padre por medio de la fe, y en la comunión con los hermanos por medio de la caridad.

“Recibid el Espíritu Santo”. Jesucristo resucitado es el Apóstol del Padre, el enviado del Padre. Y como El ha sido enviado por el Padre, envía a sus apóstoles y discípulos; a nosotros también, por medio del sacramento del bautismo y la confirmación.

La alegría es el signo de la presencia de Cristo resucitado. Seguramente que los cristianos no estamos muy convencidos de ello o no lo hemos comprendido del todo, a juzgar por nuestras actitudes y conducta. La alegría es la virtud que brota de la pascua; casi es una orden de Cristo, así como es su don.

En Pascua celebramos la alegría del amor que da, que ofrece, que comparte y que sirve. Jesús quiso que su cuerpo glorioso conservara las llagas, que permaneciera abierto su costado para que Tomás, y para que nosotros, podamos tener un acceso directo a su corazón, a su amor, a su misericordia.

En este segundo domingo de Pascua, dedicado misericordia, nosotros que tememos al Señor sólo podemos decir con las casas de Israel y de Aarón “su misericordia es eterna”, como ya repetimos en el salmo.

Dios nos ama a todos, sin importar cuan grandes sean nuestras faltas. Él quiere que reconozcamos que su misericordia es más grande que nuestros pecados, y que nos acerquemos a él, para pedirle perdón.  Es tanto el amor de Jesús por nosotros, que quiso dejar una huella de su misericordia en el sacramento de la Confesión.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Antonio Luis Martínez/Santos Benetti/Gerardo Soler/Joan Antoni Mateo/Liturgia Papal/ Biblioteca Católica Digital Católica (Mercaba)

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