La Liturgia de las Horas en Tiempo Pascual.

 

La Liturgia de las Horas en Tiempo Pascual. La Liturgia de las horas, en su oficio de lecturas, utiliza otros libros del Nuevo Testamento para enriquecer nuestra comprensión del misterio pascual en la vida de la Iglesia. Durante la primera semana, la lectura escriturística se toma de la primera carta de san Pedro. La elección no podía ser más adecuada, considerando el carácter marcadamente bautismal de esta carta. Algunos comentaristas sugieren la idea de que se trate de una homilía pascual dirigida a los recién bautizados.

Contiene, además, importante doctrina acerca del bautismo: sus efectos regeneradores, que hace derivar del misterio pascual de Cristo; su aspecto corporativo, que introduce a quienes lo reciben en el pueblo de Dios. Por el bautismo se transmite al neófito el poder vivificante de la resurrección.

El libro de la Revelación o Apocalipsis tiene parte preponderante en el oficio de lecturas, comenzando el lunes de la segunda semana y continuando hasta el final de la quinta. Armoniza bien con la liturgia de este tiempo que celebra la victoria de Cristo, victoria que es también el tema del Apocalipsis. Se nos presenta como el cordero que ha redimido a su pueblo y lo conducirá a la victoria final. Su lucha con el poder de las tinieblas continúa en la Iglesia. A pesar de la continua persecución, la victoria está asegurada.

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En las dos últimas semanas del tiempo pascual, una vez más el apóstol san Juan se dirige a nosotros con sus cartas a las iglesias. Estos escritos, especialmente la primera carta, concuerdan muy bien con Jn 15,17, que se lee en la misa durante ese tiempo. El mandamiento de amarnos mutuamente como Cristo nos amó es el gran tema tanto del evangelio como de las cartas. Este mandamiento, antiguo y nuevo a la vez, es esencial al cristianismo.

San Juan nos exhorta a que vivamos en el espíritu de la renovación bautismal, lo cual significa romper con el pecado y caminar a la luz de la gracia de Dios, guardando los mandamientos y no dejándonos contaminar por el mundo. Esto implica vivir según conviene a los hijos de Dios. El amor ha de ser el sello de nuestras vidas; amor no sólo de palabra, sino de “obras y verdad”.

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La gran lucha entre el bien y el mal, tan dramáticamente pintada en el Apocalipsis, tiene su contrapartida en las cartas. Aquí se lucha no en el gran escenario del mundo y el cosmos, sino en el corazón mismo del hombre. Cristo sigue batallando contra Satanás y venciéndolo. En esta lucha, en que todos nosotros estamos comprometidos, nuestras armas son la fe y el amor. Por la fe vencemos y hacemos nuestra la victoria de Cristo: “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 5,5). Por la práctica del amor, el misterio pascual de Cristo se hace realidad en nuestras vidas: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3,14).

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuentes: Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/ Vincent Ryan.


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