Solemnidad Ascensión del Señor. Ciclo B “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”

Ascension-del-Se--or-OK.jpg
Escribir una leyenda

 

La resurrección, la ascensión y pentecostés son aspectos diversos del misterio pascual. Si se presentan como momentos distintos y se celebran como tales en la liturgia es para poner de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre.

La resurrección subraya la victoria de Cristo sobre la muerte, la ascensión su retorno al Padre y la toma de posesión del reino y pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia.

La Ascensión no es más que una consecuencia de la resurrección, hasta tal punto que la resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la resurrección Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

ncw43

Los cuarenta días en el A.T y NT representan un período de tiempo significativo, durante el cual el hombre o todo un pueblo se encuentra recluido en la soledad y en la proximidad de Dios para después volver al mundo con una gran misión encomendada por Dios.

La Ascensión es la plenitud de la Encarnación. Cuando se hizo carne no se pudo encarnar más que en un solo hombre, al que asumió personalmente el Verbo de Dios.

Pero mediante la Ascensión, por la fuerza del Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, se hace «más íntimo a nosotros que nosotros mismos», de tal modo que Pablo pudo decir «vivo yo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Dios se hizo hombre para que el hombre fuera divinizado. En la ascensión, se eleva la plenitud de su naturaleza humana, unida a su divinidad, y nos eleva a nosotros hasta Dios.

Sí, Jesús “está a la derecha del Padre”. Esto quiere decir: “en la gloria de Dios”, y podemos soñar, hemos de soñar, con “levantar los ojos al cielo”. Jesús resucitado sigue siendo un hombre, uno de nosotros; por consiguiente, ¡un hombre ha entrado en la gloria de Dios! Y nosotros con él, si creemos en la unidad de todos los hombres en Jesucristo.

ascension

La presencia de Jesús de Nazaret junto al Padre es la ratificación de su victoria personal sobre la muerte, sobre el odio, sobre la violencia, sobre la prepotencia de los poderosos; pero, además, su victoria anticipa la victoria de toda la humanidad: ése es el destino último de los hombres; un destino que no está encerrado en los estrechos límites de este pequeño planeta, un destino que no está encadenado a esta tierra.

Jesús de Nazaret es el primer hombre que vence las limitaciones de la naturaleza humana, es el primer hombre que entra a formar parte del ámbito de la divinidad, y en él, desde el momento de su ascensión, las posibilidades del hombre han dejado de ser limitadas.

“Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas; tocad para nuestro Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad” Salmo 46. Es el corazón el que manifiesta la alegría de la victoria de nuestro Dios en su ascensión, que es la esperanza de los hombres, pues, como escribió Rahner, la Ascensión es la fiesta del futuro de la humanidad.

La oración colecta propone y pide “exultar de gozo (…) porque la ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria…” En la oración sobre las ofrendas celebramos la gloriosa ascensión de Jesús para “elevar nuestro espíritu”. Los dos prefacios que ofrece el misal, motivan hoy la alabanza y la acción de gracias en alguna afirmación central de las lecturas bíblicas.

9065a5e24a30d6166a20f1666be8df57.jpg

El prefacio I proclama que Jesús “asciende vencedor del pecado y de la muerte”, y que “no se ha ido para desentenderse de este mundo”, sino “que ha querido precedernos como cabeza para que nosotros le sigamos”.

El prefacio II, que “se apareció visiblemente a sus discípulos y fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad”, es decir, la fuerza del amor de su Espíritu, de su vida y su misión, su cruz y su gloria.

La plegaria eucarística III es adecuada hoy por sus explicitaciones de la ascensión: introduce la epíclesis primera (invocación y súplica para que el Espíritu Santo consagre el pan y el vino) resaltando “la fuerza del Espíritu” con que “Dios da vida y santifica todo”. Luego explicita “la ascensión”, junto a la muerte y la resurrección, “en este memorial” de la pascua de Jesús.

La antífona de comunión retomará la promesa final de Jesús a los discípulos en Mt 28,20: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días…”

La oración final agradece que “nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida” participando de la gloria de Jesús. ..

7cb6e24203f030208af8c03981721742.jpg

La monición y el canto final, y el mismo presidente en la despedida, pueden cerrar hoy la celebración eucarística en plan de “envío” a cumplir la misión de “anunciar la buena noticia a toda criatura” en la vida de cada día, como “testigos” de Jesús y de su Causa del Reino de vida filial y fraterna, justa y solidaria, para todos y todas.

En la primera lectura escuchamos que los apóstoles vieron elevarse a Jesús hasta que una nube lo cubrió. Esta nube nos recuerda la transfiguración, en donde una nube, de la que se oía la voz del Padre, ocultó a Jesús (Mc 9, 2-
10).

También nos recuerda a la nube en la que iba Dios para guiar al pueblo  de Israel al salir de Egipto (Ex 13, 21). Esto quiere decir que Jesús se fue al  Padre, como nos lo confirma san Pablo, en la segunda lectura, que explica  que el Padre lo hizo sentar a su derecha en el cielo.

El cuerpo que fue concebido en  María, que nació de ella, que murió en la cruz y que resucitó, se introdujo en la Trinidad, que no ocupa ningún lugar, porque trasciende al espacio.

Jesús se fue al Padre para estar en todos los lugares. Ya no está en  un solo lugar del mundo, como antes de su ascensión, sino que está en todos los lugares.

images-11.jpeg

El bautismo y los otros seis sacramentos son signos sensibles y eficaces de la presencia de Jesús entre nosotros. En ellos podemos encontrarnos con  Jesús desde el nacimiento hasta la muerte. Especialmente en la Eucaristía, en donde Jesús está realmente presente bajo la apariencia de pan y de vino.  Cada sagrario es el cielo en la tierra.

En el pan no podemos ver a Jesús con los ojos de la carne. Necesitamos de los ojos de la fe. Creer que ese pan no es pan, sino en las palabras de Jesús  que dice “es mi cuerpo”. Para eso necesitamos elevarnos a la dimensión de la fe. Por eso, el sacerdote elevando un poco las manos dice al inicio de la plegaria eucarística: “levantemos el corazón”. Es una invitación a que  dejemos la visión de este mundo, y elevemos el alma a la lógica de la fe, para descubrir a Jesús presente entre nosotros.

Tras su resurrección, Jesús se le apareció a María Magdalena. Ella quería  abrazarlo. Sin embargo, Jesús se lo impidió diciéndole que no podía “porque todavía no he subido al Padre” (Jn 20, 17). Jesús ya ha subido al Padre, y ahora podemos tocar en la Eucaristía el cuerpo concebido en María, nacido en Belén, que padeció, que resucitó y que subió al cielo.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Biblioteca Católica Digital. (Mercaba)/ Andre Seve/Rafael J. García Aviles/ J. Marti Ballester/Liturgia Papal

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s