Solemnidad de Pentecostés “Brotarán ríos de agua viva”.

 

La fiesta de Pentecostés es una manifestación del misterio de la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y donde está el Espíritu, está también el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús resucitado, viene como un viento irresistible, que sopla donde quiere. Y la comunidad está reunida, y está reunida “en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús”. La comunidad reunida en oración, y “con María la madre de Jesús”.

Pentecostés en griego significa 50, que en el simbolismo de los números bíblicos significa la perfección, plenitud, cumplimiento. San Lucas nos describe cinco “pentecostés”, venidas del Espíritu Santo en diferentes momentos de la vida de la comunidad cristiana, para mostrarnos que siempre que viene el Espíritu es Pentecostés.

Los apóstoles, con la venida del Espíritu Santo, están habilitados para llevar adelante la obra que Cristo inició en su vida terrena (Jn 17, 11). Lucas relaciona el Pentecostés cristiano con el Pentecostés judío, en el interior del cual los apóstoles, definitivamente convertidos a la fe en el Resucitado, comienzan a proclamarla. Juan lo relaciona con el día de Pascua para mostrar que la realidad comienza aquel día.

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El Espíritu Santo no es otra cosa que se añada a la Pascua. Es el gran DON de la Pascua. Es el Señor de la Pascua, Cristo Resucitado, quien nos lo envía el mismo día de la resurrección porque es el Espíritu quien nos permite aceptar a Jesús como Señor. Celebrar Pentecostés es actualizar la Pascua. Hacerla realidad en nuestra vida.

Hoy, fiesta de Pentecostés, podríamos comenzar tomando conciencia de que el Espíritu Santo es el gran tesoro que Jesús nos transmite.  Pentecostés: El misterio que celebramos hoy, la venida del Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre la cabeza de los apóstoles, es la réplica de Dios a la confusión de las lenguas, a la torre de Babel. De una parte, el Espíritu que desciende es la fuerza de Dios que hace hablar a los mudos. Los discípulos de Jesús estaban callados como muertos, encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos.

Pero vino sobre ellos el Espíritu Santo y les concedió la capacidad de hablar y el valor para confesar en público que Jesús es el Señor. Porque “nadie puede decir que Jesús es el Señor a no ser por el Espíritu Santo”.

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La secuencia del día de Pentecostés canta en estilo grandioso, un poco anticuado quizá, la alegría de la Iglesia y todo lo que el mundo debe al Espíritu Santo. Porque la actividad del Espíritu no ha cesado. Pentecostés fue, sin duda, un momento cumbre en el que el Espíritu aseguró su liberalidad, pero, como subrayaba san León, el Espíritu había actuado ya antes de Pentecostés, no habiendo dejado de actuar desde entonces. El Vaticano II, en sus Constituciones y Decretos, no ha escatimado sus alusiones al Espíritu Santo, y sería un trabajo bonito hacer un estudio de la teología del Espíritu Santo en los documentos de este concilio.

El 8 de diciembre de 1962, Juan XXIII, en la sesión solemne de clausura de la primera etapa del Concilio, decía que este sería “el nuevo Pentecostés”, que hará que “florezca en la Iglesia su riqueza interior y su extensión a todos los campos de la actividad humana”. Y Pablo VI: “El Espíritu está aquí, para iluminar y guiar nuestra obra en provecho de la iglesia y de la humanidad entera” (14 de septiembre de 1964). Que se cumpla hoy en nosotros, en esta celebración eucarística. ¡Ven, Espíritu Santo, y renueva la faz de la tierra!

El agua es el elemento de la naturaleza que hace posible vida. Por eso Jesús compara al Espíritu Santo con el agua, pues él Paráclito es el que nos  vivifica. Por eso, en el Credo se le llama “Señor y dador de vida”.

La primera página de la Biblia dice que al principio Dios creó el cielo y la tierra y que el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas (Gen 1, 2). Cerner significa mover las alas, y también puede significar depurar o dejar caer  polen. Así, el Espíritu aparece en el primer momento produciendo vida en el mundo. Aparece nuevamente el Espíritu Santo al inicio de los Hechos de los Apóstoles, dando vida a la Iglesia fundada por Jesucristo, poniéndola en marcha su misión de llevar la buena nueva a todo el mundo.

En boca del profeta Joel, Dios dice que derramará su espíritu sobre sus  siervos y sus siervas. En esta vigilia de Pentecostés le pedimos a Dios que derramen su Espíritu Santo sobre nosotros.  En la confirmación recibimos el don del Espíritu Santo. Pero es conveniente que le pidamos continuamente que renueve sus dones, que los intensifique en nuestras almas. “Ven Espíritu Creador”, dice un himno litúrgico. Lo llama así, porque él estaba aleteando sobre la tierra en la creación. Como creador le pedimos que venga a renovar el aspecto de la tierra, como dijimos en el salmo.

Renovar nuestro aspecto, hacernos creaturas nuevas, que sólo vivan para  dar gloria a Dios.Ven, Espíritu, para encender en nuestros corazones el fuego de tu amor, dice otro himno. Le pedimos que, así como descendió sobre María, se pose  sobre nosotros para que, al renovar nuestro aspecto, haga que se encarne Cristo en nosotros, para que con el fuego de su amor encienda nuestros corazones y, como en crisol, les de la imagen de Jesús.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Gerardo Soler/Fray José Salguero, op/Jm Alemany/Adrien Nocent/ J. Marti ballester/Liturgia Papal/Biblioteca Católica Digital.

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