Solemnidad Sagrado Corazón de Jesús. Ciclo B “Le traspasó el Costado, y al punto salió Sangre y Agua”


La primera lectura nos describe el amor de Dios por su «hijo» Israel. Se trata de un amor que se manifiesta bajo todas las formas de ternura. De la misma manera que los padres miman al hijo, lo llevan en brazos, lo dan de comer y más tarde le enseñan sus primeros pasos, así también se ha comportado Dios con su hijo elegido.

Que quería envolver al hijo con cadenas de amor, se encuentra ahora prisionero de esas mismas cadenas, porque no solamente tiene amor sino que es el amor.

Porque «soy Dios y no hombre». Aquí el corazón de Dios aparece al desnudo: El no puede irritarse, ni destruir, como sería lo justo; no puede abandonar al hijo infiel que se ha ido de casa, debe esperarlo, correr a su encuentro, abrazarlo y dar una fiesta en su honor.

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El evangelio del corazón traspasado de Jesús aporta la prueba de lo que se ha dicho en las lecturas. Su verdadero sentido sólo es perceptible para el cristiano que es capaz de ver en la muerte del Hijo el signo supremo del amor del Padre, y por eso ese cristiano será también el único que comprenda la solemnidad del testimonio del discípulo amado.

Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres a la filiación adoptiva en unión de vida con el Verbo encarnado, con Cristo recapitulador, a fin de que por su don mutuo, que es el don del Espíritu Santo, se edifique la Familia del Padre.

Este designio es, en primer lugar, un designio de salvación, puesto que el hombre no puede dar por sí mismo una respuesta a Dios que tenga la cualidad de ser una respuesta “filial”, y el amor divino que le anima es lo suficientemente grande como para alcanzar al hombre, incluso cuando le rechaza e incluso en su pecado.

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El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor. Esto, que es revelado, no es una doctrina, sino la salvación que se ha hecho efectiva.

Es el reencuentro del hombre con Dios, que se ha realizado al fin. La iniciativa gratuita del Padre encuentra en Jesús una respuesta perfecta, y la historia de la salvación se manifiesta como una empresa convergente de Dios y el hombre.

San Juan concede gran importancia a la lanzada que siguió a la muerte de Cristo en la Cruz: “Llegados a Jesús (los soldados), le encontraron muerto, y no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33-34).



Para el evangelista, toda la economía sacramental de la Iglesia ha brotado, en cierta manera, de Cristo en el momento de su muerte en la cruz, y se funda ante todo en los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

Sangre y agua, dos símbolos de vida (en el lenguaje judío), dos imágenes de fecundidad. Porque el amor de Jesucristo no queda infecundo, sino que comunica vida (podríamos decir que esto es amar: comunicar vida).

El agua del sacramento del bautismo y el cáliz de la sangre del Señor en la eucaristía, son para nosotros los símbolos de un amor que sigue siendo fecundo. De un amor que hemos de vivir nosotros, de un amor que nos hace realmente hijos de Dios.

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Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, infinitos dilectionis thesauros, tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios nos ama.

La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte en siervo bueno y fiel. Y la fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras: también con los hechos. El amor divino hace que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado.

La plenitud de Dios se nos revela y se nos da en Cristo, en el amor de Cristo, en el Corazón de Cristo. Porque es el Corazón de Aquel en quien habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente. Por eso, si se pierde de vista este gran designio de Dios, no se comprenderán las delicadezas del Corazón del Señor.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuentes: Hans Urs Balthasar/Maertens-Frisque/J. Gomis/Biblioteca Católica Digital (Mercaba).


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