Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Ciclo B. “El Profeta, es el que recibe el Espíritu del Señor”

 

Este domingo los textos de la Palabra de Dios nos llevan a reflexionar sobre la persona y el papel del “profeta”.

Jeremías se ve “obligado” a denunciar las rebeldías de Israel, el Señor pone en su boca palabras duras de decir…, más difíciles aún de aceptar. Jesús, meta final de toda profecía y de todo profetismo, se ve despreciado entre los suyos.

En el Antiguo Testamento la figura del profeta engloba personajes tan dispares como Moisés, Jeremías o Juan el Bautista. Reyes, pastores o intelectuales.

 

Algo les caracteriza a primera vista: no desean ni por asomo meterse a profetas. “Alguien” desea contar con ellos para encomendarles una tarea difícil, pero que va a beneficiar a la larga a todo el Pueblo de Dios.

Es Dios mismo quien toma y envía a sus “portavoces”… para que digan algo en su nombre: que mantengan viva la espera en tiempos duros (Isaías); que denuncien la infidelidad, los abusos e injusticias (Oseas, Amós); que saquen a la luz las rebeldías y pecados colectivos (Jeremías, Jonás); que preparen a fondo una renovación del resto (pobre) de Israel (Juan el Bautista).

El profeta inevitablemente es controvertido, su palabra dura de oír, su tenacidad escandalosa, el conflicto con los dirigentes oficiales previsible.

 

Cada cristiano debiera ser un profeta, cada cristiano debiera ser un eco, aunque pequeño e insignificante, de la gran Voz de Dios y participar, siquiera mínimamente, en la incomodidad del profeta. Porque quizá los cristianos estamos formados con cierto afán de triunfalismo.

Hoy, la primera y la tercera lectura, que deberíamos saborear detenidamente, son una lección clara del éxito profético. Ezequiel recibe su misión de predicar el mensaje de Dios a un pueblo calificado de obstinado y testarudo, un pueblo que, presumiblemente, no va a escuchar al profeta, pero que, en cualquier caso, “sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”.

Que hay en medio de ellos un hombre que no busca el aplauso, sino la posibilidad de transmitir el mensaje, que no se preocupa de que crezca la audiencia, sino de que esa audiencia, amplia o escasa, reciba la palabra de Dios con nitidez y sin adulteraciones; un hombre que se siente impelido por la misión recibida y que la cumple, aun cuando el resultado no justifique en absoluto el esfuerzo, el entusiasmo y la entrega que esa misión le exige.

 

A Ezequiel el Señor que le enviaba no le enviaba engañado, sino que le advirtió claramente sobre la posibilidad de que los oyentes no fueran precisamente un “público agradecido”, ese público que en nuestro pequeño afán profético, quizá desviado, deseamos siempre tener de nuestra parte. El Evangelio de hoy no es menos expresivo al respecto. Cristo va a su tierra y aprovecha la ocasión para hablar en “su” sinagoga.

La figura del profeta es siempre apasionante y de máxima actualidad, porque mantiene  viva la lucha entre la palabra de Dios y el caos del mundo, porque pone constantemente en  cuestión la vida cómoda y superficial de los hombres.

La voz del profeta debe ser escuchada por todos. Ante su requerimiento es necesario  convertirse poniendo en práctica sus palabras. Por su insolencia y valentía, el profeta resulta muy molesto. No es un hombre de gobierno  ni es oportunista. Profetiza a tiempo y a destiempo.

Los hombres  somos rebeldes ante la Palabra de Dios. Bien nos vale la frase de Ezequiel: “Yo te envío a  los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. El único que puede aceptar a un profeta es el hombre humilde, el que no está cerrado a  nada y deja la posibilidad a Dios de intervenir en su vida, el que lo espera todo de los  demás y de Dios

8631dd2d280a63891bd2e15c0341c4e1.jpg

La primera lectura de este domingo la tomamos de Ezequiel, y viene a ser como una especie de relato de llamada profética; así es el caso de otros profetas de gran talante (Isaías 6 en el templo; Jeremías 1), porque se debe marcar una distinción bien marcada entre los verdaderos y falsos profetas. El verdadero profeta es el que recibe el Espíritu del Señor. No se vende a nadie, ni a los reyes ni a los poderosos, sino que su corazón, su alma y su palabra pertenecen el Señor que les ha llamado para esta misión.

La segunda lectura es probablemente una de las confesiones más humanas del gran Pablo de Tarso. En todo caso Pablo quiere decir que aparece “débil” ante los adversarios, que están cargados de razones. Quiere combatir, por el evangelio que anuncia y por él mismo, desde su experiencia de debilidad; las que los otros ven en él y la que él mismo siente.

 

Para ello, el apóstol recurre, como medicina, a la gracia de Dios: “te es suficiente mi gracia (charis), porque la potencia (dynamis) se lleva a cabo en la debilidad (astheneia)” (v. 9). Esa gracia le hace fuerte en la debilidad; le hace autoafirmarse, no en la destrucción, ni en la vanagloria, sino en aceptarse como lo que es, quién es, y lo que Dios le pide. El Dios de la cruz, que es el Dios de la debilidad frente a los poderosos, es el único Dios al que merece la pena confiarse.



Evangelio: Marcos (6,1-6): Nazaret… nadie es profeta en su tierra Ya sabemos que el proverbio del profeta rechazado entre los suyos es propio de todas las culturas. Jesús, desde luego, no ha estudiado para rabino, no tiene autoridad (exousía) para ello, como ya se pone de manifiesto en Mc 2,21ss. Pero precisamente la autoridad de un profeta no se explica institucionalmente, sino que se reconoce en que tiene el Espíritu de Dios.

El texto habla de «sabiduría», porque precisamente la sabiduría es una de las cosas más apreciadas en el mundo bíblico. La sabiduría no se aprende, no se enseña, se vive y se trasmite como experiencia de vida.

En el evangelio de San Marcos este es un momento que causa una crisis en la vida de Jesús con su pueblo, porque se pone de manifiesto «la falta de fe». El evangelio de hoy no es simplemente un texto que narra el paso de Jesús por su pueblo, donde se había criado. Nazaret, como en Lucas también, no representa solamente el pueblo de su niñez: es todo el pueblo de Israel que hacía mucho tiempo, siglos, que no había escuchado a un profeta. Y ahora que esto sucede, su mensaje queda en el vacío.

Sigue siendo el hijo del carpintero y de María, pero tiene el espíritu de los profetas. Efectivamente los profetas son llamados de entre el pueblo sencillo, están arrancados de sus casas, de sus oficios normales y de pronto ven que su vida debe llevar otro camino. Es el profeta del reino de Dios que llega a la gente que lo anhelaba. En esto Jesús, como profeta, se estaba jugando su vida como los profetas del Antiguo Testamento.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Juanjo Martinez/ Francisco Bartolomé González/Santos Benetti/ Miguel de Burgos, OP/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba).


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s