Domingo XVIII Tiempo Ordinario. Ciclo B. «Es el Pan que el Señor os da de comer.» «Señor, danos siempre de este Pan.

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El Pan del Cielo es el Pan de Vida, el que no sólo sirve para sustentar la vida, sino que le da sentido. Por eso Jesús nos dice hoy que trabajemos no por el pan que perece, sino por el que perdura. Es perecedero el pan que sólo sirve para consumir y nos hace consumidores. Perdura el pan que se reparte y comparte y que nos hace hermanos.

Jesús acaba de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y comienza un largo discurso sobre el pan de vida. A partir del hambre vulgar de la gente que acude a escuchar a Jesús, y a partir del pan que ha multiplicado, vamos a progresar hacia otra hambre y otro pan.

El signo es el pan que os he dado, lo mismo que era también signo el maná. Signos de un alimento superior para un hambre mayor; hay un pan de vida que da la vida más intensa que podríais desear, la vida en este mundo y la vida eterna.

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Para san Pablo, el hombre que se ha encontrado con Cristo es un hombre nuevo. Sin duda él podía afirmarlo porque en él la afirmación era una realidad. De aquel hombre fanático y turbulento que iba camino de Damasco no quedó nada; del silencio y del retiro que siguió al encuentro con Cristo surgió otro hombre nuevo cuyo norte varió definitivamente.

Dice Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar que el trabajo que Dios quiere es que creamos en su enviado.

Nos has hecho, Señor, para ti y estará siempre insatisfecho nuestro corazón mientras no descanse en ti (S. Agustín). Nuestra verdadera hambre es hambre de Dios… nuestro único y verdadero alimento es el que viene de Dios.

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El evangelio de Juan es esencialmente teológico. Es corriente que los hombres nos creamos que lo sabemos todo, que nadie tiene nada que enseñarnos, que no tenemos ninguna necesidad de la gente que nos rodea.

La primera lectura está tomada del libro del Éxodo, en la que se describe que el pueblo, tras su salida de Egipto, ya en el desierto, desesperado, protesta contra Moisés porque los ha llevado a una libertad que viene a ser para ellos una esclavitud mayor.

Es lo que se conoce como las tentaciones del desierto, lo que va a ser proverbial en la tradición bíblica y en algunos salmos (v. g. Sal 94). Moisés, como intermediario, pide a Dios su intervención y se le comunican las decisiones. Dios no abandona a los suyos y les envía las codornices y el maná.

Pero lo importante es poner de manifiesto la providencia de Dios que no abandona a su pueblo y les pide la fidelidad. Y esa es la lección constante de la vida.

La segunda lectura de Efesios prosigue la parte exhortativa de la carta a los Efesios del domingo anterior. Son como las exigencias de la vida cristiana, en un conjunto muchos más amplio (4,17-5,20). Es una exhortación ética en plena regla, pero desde la ética cristiana. Eso quiere decir que la ética humana es asumida plenamente en el cristianismo primitivo, pero con las connotaciones que el Espíritu de Jesucristo “acuña” en el corazón del cristiano, que le hace sentirse una persona nueva.

Toda ética propugna una persona nueva, pero esto no se puede conseguir solamente con la fuerza de voluntad. El cristiano tiene que ponerse en manos del Espíritu de Jesucristo.

Lo fundamental de la lectura de hoy es una exhortación a ser discípulos de Jesús viviendo su Espíritu, porque no tener ese Espíritu significa estar sometidos a los criterios de este mundo en el que ya sabemos que no hay lugar para el amor, el perdón, la misericordia, la paz y la entrega sin medida.

El evangelio de Juan nos lleva de la mano hasta la ciudad de Cafarnaún a donde Juan quiere traernos después de la multiplicación de los panes. una penetrante catequesis sobre el pan de vida, en la que confluirán elementos sapienciales y eucarísticos.

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Jesús hacía aquellas cosas extraordinarios como signos que apuntaban a un alimento de la vida de orden sobrenatural. En el relato se dice que Moisés les dio a los israelitas en el desierto pan, por eso lo consideran grande; esa era la idea que se tenía. Jesús quiere ir más allá, y aclara que no fue Moisés, sino Dios, que es quien tiene cuidado de nuestra vida.

El pan de vida desciende del cielo, viene de Dios, alimenta una dimensión germinal de la vida que nunca se puede descuidar. La revelación joánica de Jesús: “yo soy” (ego eimi) es para escuchar a Jesús y creer en El, ya que ello, en oposición a la Ley, nos trae el sentido de la vida eterna.

Y el pan de la verdad nos ha venido, de parte de Dios, por medio de Jesús que nos ha revelado la fuente y el misterio de Dios, del misterio de la vida.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Andre Seve/ L. Gracieta/Adrien Nocent/Francisco Bartolome/Miguel de Burgos, OP/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba)

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