Santo Domingo de Guzmán

Para la Iglesia Universal el día de Santo Domingo de Guzmán es el 8 de agosto, pero para República Dominicana, el Papa Pablo IV instauró en el 1558 que el día de Santo Domingo de Guzmán se celebra el 4 de agosto,  Juan Maria Vianey (Santo Cura del Ars), el 8 de agosto.

Nació en Caleruega (Burgos), a fines de 1171. Su padre se llamaba Félix de Guzmán, “venerable y ricohombre entre todos los de su pueblo”.   Su madre, la Beata Juana de Aza, era la verdadera señora de Caleruega, cuyo territorio pertenecía a los Aza por derecho de behetría. Mujer verdaderamente extraordinaria; de ella recibió Domingo su educación primera.

Hacia los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. Y hacia los catorce fue enviado al Estudio General de Palencia.

Vivía solo, con su pequeño mobiliario y sus libros. Y así podía distribuir mejor su tiempo en el día y en la noche. Para mayor mortificación suprimió el vino, que en su casa tomaba. Suprimir el sueño para estudiar no era para él mortificación, sino gozo, pues la doctrina sagrada le embelesaba. Por eso su estudio tenía tanto de oración y de meditación como de estudio propiamente dicho.

Los libros en que Santo Domingo estudiaba, su más preciado tesoro. Tan preciado, que de ellos podía depender su porvenir. No había entonces librerías para comprarlos; había que copiarlos o hacerlos copiar; y de estas dos clases eran los libros de Domingo. Pero, además, esos libros suyos estaban llenos de anotaciones y resúmenes dictados por él mismo. Labor, como se ve, de dinero y de trabajo, nada fácil de realizar.

Una gran hambre sobrevino a toda aquella región de Palencia. El corazón de Domingo no comprendía como a él no le faltaba nada y estuviese rodeado de valiosos códices y libros, mientras otros carecían de lo indispensable para vivir. Pronto fue entregando todo su ajuar a los pobres.

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Domingo fundo la Orden de los Predicadores, consagrándose a Dios hasta la muerte. Domingo no era partidario de estos procedimientos; para defender la religión no aceptaba otras armas que los buenos ejemplos, la predicación y la doctrina; por lo cual, cuando toda aquella región era el escenario de una guerra de las más sangrientas, él se recluyó en Prulla, para sostener allí, cuando menos, un grupito de compañeros, que ya tenía, y otro grupo mayor de mujeres convertidas, base del convento de monjas que allí se estaba formando.

El Rey Alfonso VIII había encargado al Obispo de Osma, en 1203, la misión de dirigirse a Dinamarca a pedir la mano de una dama de la nobleza para su hijo Fernando.

El Obispo acepta y como compañero de viaje lleva a Domingo. Al pasar por Francia, Flandes, Renania e Inglaterra, Domingo quedo profundamente dolorido al ver que había grandes herejías. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyón, y otras herejías, procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo e incluso tenían Obispos propios. Negaban todos los dogmas católicos, la unicidad de Dios, la Redención por la Cruz de Cristo, los Sacramentos, etc.

En 1212 quisieron hacerle obispo de Cominges; pero él rehusó humildemente, alegando que no podía abandonar la formación de esta doble comunidad, en edad tan tierna todavía.

En respuesta a todo esto, en 1207, empieza una nueva etapa de la vida de Domingo, con algunos compañeros, entre ellos su propio Obispo de Osma, se entrega de lleno a la vida apostólica, viviendo de limosnas, que diariamente mendigaba, renunciando a toda comodidad, caminando a pie y descalzo, sin casa ni habitación propia en la que retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta, comprendiendo la necesidad de instruir a aquellas gentes incultas que arrastraban las herejías, determinó que su Orden fuera una Orden de predicadores, dispuestos a recorrer pueblos y ciudades para llevar a todas partes la luz del Evangelio.

Funda diversos centros de apostolado en todo el sur de Francia. Pero reconociendo que para combatir las herejías era necesario una buena formación teológica, busca un buen Doctor en teología que diera clase todos los días, pues consideraba que, para ser buenos predicadores, primero debían ser buenos maestros. Más tarde, uno de sus discípulos en la orden sería la lumbrera más grande que haya tenido la iglesia universal: Santo Tomás de Aquino.

Santo Domingo fue un gran amigo de San Francisco de Asís, a quien visito y abrazó efusivamente. Santo Domingo poco después dio vida a la rama femenina conocida como la Orden Dominicana.

La misión de los Dominicos es predicar para llevar almas a Cristo. Es el mandato misionero del maestro antes de subir a los cielos. El nos encargó a todos los bautizados la obligación de predicar. Domingo fue el hombre elegido para predicar la verdad contra el error.

La misión encontró grandes dificultades pero la Virgen vino a su auxilio. Estando en Fangeaux una noche, en oración, tiene una revelación donde, según la tradición, la Virgen le revela el Rosario como arma poderosa para ganar almas. Esta tradición está respaldada por numerosos documentos pontificios.

El 21 de enero de 1217, el Papa Honorio 111 aprobó definitivamente la obra de Domingo, la Orden de los predicadores o Dominicos.

En 1220 la herejía de los cataros y albigenses se había extendido por Italia. El Papa Honorio 111 determina una gran misión, pero en vez de poner al frente de ella algún Cardenal, encomendó la dirección a Domingo, que se entregó a la Misión.

Murió el 6 de agosto de 1221 y fue canonizado por Gregorio IX en 1234.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: www.corazones.org/  Albino Menéndez González Reigada, O.P/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba)


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