Besa Mano en una Primera Misa de un Sacerdote.

 

¿Por qué besar las manos de un sacerdote?
Un sencillo gesto con mucha tradición. Este humilde gesto tuvo su origen en los tiempos de Nuestro Señor Jesucristo, a quien iban los niños corriendo al instante que lo veían, y sus padres los llevaban a que le besaran las manos y les pusiera su Majestad sus sacratísimas manos sobre sus cabezas, pidiéndole su bendición.

Después quedó por costumbre el besar las manos a los apóstoles, y ha seguido hasta hoy con sus sucesores que son los sacerdotes. Por las manos de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo.

Es costumbre que al final de una ordenación sacerdotal, los fieles se acerquen con los nuevos presbíteros y les besen las manos, porque acaban de ser consagradas.

Durante la consagración del aceite el Jueves Santo, se le vierte perfume.  Con este perfume el Crisma tiene un nuevo olor, el buen olor de Cristo del que habla San Pablo.  Así a lo que se le pone el Crisma se identificará con Cristo, será de Él y para Él.

Se sabe que las manos de un sacerdote han sido consagradas por el Crisma y que además ellas ministran el Poder y la Gracia de Dios en la Eucaristía, perdón de los pecados y la participación de los Sacramentos, por eso se besa la mano del hombre, porque esas manos están llenas del poder de Dios.

 

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¿Por qué las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad para afrontar el mundo, para «tomarlo en la mano». El Señor nos ha impuesto las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, seamos las suyas. Quiere que dejen de ser instrumentos que toman las cosas, los hombres, el mundo para nosotros mismos, para someterlos a nuestra posesión, y que por el contrario transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor.

Quiere que sean instrumento de servicio y por tanto de expresión de la misión de toda la persona que se convierte en su garante y que le transmite a los hombres.

Si las manos del hombre representan simbólicamente sus facultades y, más en general, la técnica como poder capaz de dominar el mundo, entonces las manos ungidas tienen que ser un signo de su capacidad para dar, de la creatividad para plasmar el mundo con amor y para esto tenemos necesidad sin duda del Espíritu Santo.

 

En el Antiguo Testamento, la unción es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote hace y entrega mucho más que aquello que procede de sí mismo. En cierto sentido, queda expropiado de sí en virtud de un servicio, en el que se pone a disposición de uno más grande que él.

Si Jesús se presenta hoy en el Evangelio como el Ungido de Dios, el Cristo, entonces esto quiere decir precisamente que actúa por misión del Padre y en unidad con el Espíritu Santo y que, de este modo, entrega al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, una nueva manera de ser profeta, que no se busca a sí mismo, sino que vive por aquel por quien el mundo ha sido creado.

El Señor ha puesto su mano sobre nosotros. El significado de este gesto lo expresó con las palabras: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15).

 

No os llamo ya siervos, sino amigos: en estas palabras se podría ver ya la institución del sacerdocio. El Señor nos hace amigos suyos: nos confía todo; se confía a sí mismo para que podamos hablar con su «yo» «in persona Christi capitis».

Los signos esenciales de la ordenación sacerdotal son en el fondo manifestaciones de esa palabra: la imposición de las manos; la entrega del libro la entrega del cáliz con el que nos trasmite su misterio más profundo y personal. De todo esto forma parte también el poder de absolver: nos hace partícipes de su conciencia sobre la miseria del pecado y la oscuridad del mundo y pone en nuestras manos la llave para volver a abrir la puerta hacia la casa del Padre…

El corazón del sacerdocio consiste en ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente «in persona Christi», a pesar de que nuestra lejanía interior de Cristo no puede comprometer la validez del Sacramento. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa ser hombre de oración.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes:  Regnum Christi / Catholic.net/ Juan García Inza/ http://www.religionlibertad.com.


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