Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo B. Tú eres el Mesías… El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

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Cuando empiezan las lecturas de este domingo parece como si nos trasladaran de nuevo al tiempo de la Pasión, por el canto del Siervo de Isaías. Pero se ha elegido esa lectura para preparar la afirmación de Jesús en el evangelio sobre el estilo de su mesianismo.

Las lecturas de este domingo son muy importantes porque nos ayudan a valorar el don de la fe y, también, a vislumbrar un poco de luz ante el sufrimiento. Y, además, para que no nos engañemos, Santiago nos decía en la segunda lectura que la fe se ha de probar con las obras. Y para confirmar esta afirmación nos habla de la ayuda a los necesitados. Si nuestra fe no les beneficia, esa fe es inútil. Es una fe muerta.

La primera lectura nos presenta uno de los cantos del Siervo de Yahveh del segundo Isaías. El siervo habla de las persecuciones, de los abatimientos que le ha tocado sufrir, los cuales ha podido resistir porque ha sido fiel a la palabra que Dios le ha encomendado anunciar.

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El profeta desde su experiencia de oyente de la Palabra que resuena en su interior, configura su tarea y su misión como servidor de Yahveh.

En la Palabra el siervo se identifica como mensajero y destinatario; lo que el siervo dice de sí mismo debe escucharlo el pueblo abatido.

En definitiva, el mensaje que nos transmite este canto es que el profeta reconoce a Dios en el sufrimiento y en la persecución como un amigo que lo salva y lo defiende, que le ha abierto los oídos para que escuche su Palabra y cumpla la misión de ser su servidor.

Santiago nos dice que la fe se tiene que ratificar en las obras, por eso, la fe no puede ser entendida como un acto intelectual, como la unión del entendimiento y la conciencia, a un mensaje que nos propone el mismo Dios a través de la Iglesia.

De igual manera, las obras deben ser entendidas como la praxis cristiana. La fe supone el creer y creer no es solamente admitir unas verdades de fe, sino aceptar el compromiso vital de la fe, que no es otra cosa que el amor al prójimo y el amor al prójimo, debe ser real y concreto, debe ser un amor eficaz.

El sufrimiento del cristiano aparece en este domingo como transfigurado, y el significado de la renuncia para seguir a Cristo deja de verse como una amputación o una ascesis negativa.

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Aquí la vemos como participación en la Pasión gloriosa de Cristo que rescata a la humanidad y reconstruye el mundo. El sufrimiento del Siervo de Dios que es Cristo es una ofrenda sacerdotal.

Cada cristiano, siguiendo a su modelo, participa así más profundamente en el sacerdocio de Cristo que se ofrece y ofrece.

El Evangelio de hoy vuelve al asunto, al plantear el propio Jesús la pregunta clave: ¿Quién decís que soy yo? Una respuesta “Tú eres el Mesías”, sino la comprensión de ese mesianismo- que, al final, no resulta “del agrado de Jesús” y le hace exclamar que Pedro es satanás.

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Aquí, en concreto, hay un rechazo a esa concepción de un Jesús fuerte y prepotente en un sentido material; hay un rechazo a una concepción de Jesús en la que no entran Getsemaní ni el Gólgota; hay, en definitiva, un rechazo, por parte del propio Jesús, a un Jesús mutilado en todo lo que pudiera tener de duro y doloroso, de incomprensible e inconcebible.

Un Mesías cuyo trono es una cruz, y cuyas armas son las palabras “amaos como yo”, ha chocado siempre con la imagen que, normalmente, el hombre tiene de Dios y de lo divino; ¡eso no puede ser!: un Dios que no es “como deber ser”

La fe, la auténtica fe, la ve vivida es la única que puede llevar al hombre a esa sintonía con Dios que le puede hacer comprender su voluntad, su designio para con el hombre; o, cuando menos, aceptarlos con la confianza de que lo que Dios quiere es, sin lugar a dudas, lo mejor para el hombre.

La primera parte de la escena de hoy la conocemos mucho más desarrollada en el evangelio de Mateo: es la gran afirmación de la fe, que Pedro profesa y sobre la cual Jesús anuncia que se fundamentará su comunidad de seguidores, sostenida con la fuerza de Dios.

El leccionario, al unir las dos escenas de la confesión de fe y el anuncio de la pasión, quiere centrar nuestra atención en ese interés de Marcos, que haremos bien en resaltar. Nótese, también, que el domingo próximo se repite el tema del anuncio de la pasión, bajo el aspecto del espíritu de servicio. Habrá que tenerlo en cuenta para no repetirse.

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Jesús desvela aquí la obra decisiva para la que ha sido enviado, una obra que no es para él solo, sino para todo aquel que quiera seguirle en la fe. Aquí la doctrina de Santiago sobre la fe y las obras adquiere su auténtico sentido.  

Una fe sin la obra de la pasión no es una fe cristiana. La fe que quiere salvarse, y no perderse, perderá todo. Querer salvarse es un egoísmo incompatible con la fe, que es inseparable del amor.

Aquí se encuentra el núcleo de la obra tal y como la concibe Santiago, sin la que la fe no es nada: la obra de la plena entrega a Dios o al prójimo.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Adrien Nocent/Luis Gracieta/José Lligadas/Hans Urs Von Balthasar/ J. Aldazábal/ Joan Soler/Biblioteca Católica Digital (Mercaba)


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