Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Ciclo B. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”

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El tema del matrimonio domina la liturgia de este domingo. Por un lado, la ley de Moisés que permite repudiar a la esposa “por algo feo” (según que se interpretase, podría ser la infidelidad conyugal, o hasta una comida mal preparada) (evangelio); por otro lado, Jesús que vuelve a la ley originaria puesta en la naturaleza, según la cual “el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán dos en una sola carne” (primera lectura, evangelio).

Este mes de octubre que acabamos de iniciar es, además, el mes del Rosario. En este año que por decisión del Papa ha sido constituido como año del Rosario, el mes del rosario ha de instarnos a una reflexión sobre todo lo que implica esa tradicional devoción en nuestra espiritualidad.

Subrayando, al hilo del mensaje de las lecturas de este domingo, cómo el rezo en familia del rosario ha sido vínculo de unión de ésta: “Familia que reza unida, permanece unida” es un viejo lema que no conviene olvidar.

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Es la mano de Dios la que lo hace y la que permite un diseño de amor. El creador de este relato, parte de la experiencia humana, de eso que se ha llamado la media naranja, y que responde a una cultura bien determinada del Oriente.

Pero por encima de las imágenes casi infantiles en que se expresa el relato, se nos ofrece un mensaje que es muy digno de mérito en este tiempo de reivindicaciones de la dignidad humana, de la mujer y de los pequeños.

El hombre, el varón, no es nada sin la mujer; es o sería la pura soledad. Dios, lógicamente, no ha creado a la mujer del hombre, sino que es una forma de poner de manifiesto que tienen la misma dignidad y mutuamente encuentran en el diálogo, en el afecto, en el amor, lo que en Dios es pura unidad de paternidad y maternidad a la vez. Eva, como Adán, son nombres genéricos, no significan una pareja exclusiva al principio de la humanidad.

En la segunda lectura, se nos recuerda que Jesús esposo de la Iglesia se entrega a ella hasta la muerte para purificarla y santificarla con su sangre. De esta manera viene a ser verdadero prototipo del amor esponsal.

En la fe cristiana es tan importante confesar a Jesús como Hijo de Dios, que como hermano nuestro, que se compadece de nosotros y da la vida por nosotros.

Su muerte en favor de toda la humanidad nos habla de la solidaridad de Dios con nosotros, como se había comprometido a ello desde la misma creación. El, Jesús, es el que nos ha abierto el camino de la salvación.

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El ser humano es creado por Dios con una doble forma -hombre y mujer- tan ordenadas y relacionadas una a la otra por la fuerza del sexo y el hambre de relación, que “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”.

Este es el proyecto de Dios; que no lo rompa el hombre. El evangelio de hoy contiene dos partes que no están visiblemente unidas entre sí.

San Marcos refiere diferentes enseñanzas de Jesús agrupándolas bajo un mismo título, el de la revelación y la fe, pero sin preocuparse de una unión lógica entre tales enseñanzas. La 1ª lectura de hoy tendrá conexión únicamente con la primera parte del evangelio.

El relato del Génesis nos presenta al hombre y a la mujer como dos seres iguales que tienen un origen común.

En efecto, la mujer no es objeto de una “creación” a la manera que lo fue el hombre, sino que la mujer sale del hombre; la persona del hombre se encuentra únicamente diversificada, con el fin de recibir la ayuda que solicita de Dios, pero no existe otro ser humano profundamente diferente que sea creado.

Damos comienzo hoy a la lectura de la carta a los Hebreos, que durará siete semanas. Es una carta centrada en la figura de Cristo Jesús, nuestro verdadero Sacerdote y Mediador, que ha querido pertenecer a nuestra familia humana, pero que en su Pascua ha sido glorificado  por Dios por encima de todos y de todo.

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Se puede expresar brevemente esta nuestra fe, o utilizar esta motivación para invitar a la comunión: Jesús, nuestro Maestro y Sacerdote, que quiere ser también nuestro alimento de vida eterna… Pero tal vez sea mejor afrontar el difícil tema del evangelio y del Génesis.

La persona que se acerque al matrimonio buscando en la otra persona un «tú» que sea la prolongación del propio «yo», lo que está haciendo es fabricar egoísmo. No dice la verdad al decir «te amo».

Lo que dice significa «me amo», ya que no busca la felicidad del «otro» sino su propia felicidad. Deberán tenerlo en cuenta los que se acerquen al matrimonio. Y así, su proyecto de amor deberá consistir en un noble campeonato de generosidades y renuncias personales.

Lo que confiere unidad a los dos pasajes, en el orden de la fe, es la vida cristiana según las exigencias del reino, es decir: confianza, disponibilidad y abandono. Dicho de otro modo, es el seguimiento de Jesús desde el compromiso y la inocencia. El reino se acoge como don gratuito, en actitud de entrega amorosa.

El hombre de fe descubre en la relación matrimonial el perfecto camino de llegar a Dios por el amor al otro.

280px-Wedding_ringsCuando el esposo ama a su esposa, ama a Dios en ese amor. Y viceversa. El amor se vuelve, entonces, puro y purifica la relación física de todo afán posesivo. Como bien concluye el capítulo segundo del Génesis: «Estaban los dos desnudos, el hombre y la mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro.»

El amor es el descubrimiento del otro como persona, y en ese encuentro diáfano y total de dos personas, no hay lugar para la vergüenza. El corazón puro hace puro al ojo, a las manos y a todo el cuerpo.

La Palabra de Dios ilumina todos los aspectos de nuestra existencia. No sólo lo referente a la oración o a las virtudes personales, sino también las dimensiones sociales, profesionales, familiares. Lo que se nos propone hoy es el tema siempre actual del amor y de la fidelidad matrimonial.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Hilari Raguer/Miguel Flamarique  Valerdi/Adrien Nocent/Biblioteca Católica Digital /Elvira/ Santos Benetti/J.Alzadabal/ Fray Juan José de León Lastra, O.P.


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