Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B. «Vende lo que tienes, da el dinero a los pobres… y sígueme»

En este domingo, en el presente, la Palabra  nos invita a suplicar prudencia y sabiduría. Con ellas nos llegan bienes y riquezas incontables.

La historia del joven rico que no quiere renunciar a sus bienes y la de los discípulos que  han dejado todo para seguir a Cristo forman una unidad en el evangelio. Entre los dos episodios aparecen las palabras de Jesús sobre la dificultad de los ricos para entrar en el  reino de Dios.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferncia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.

Salomón, en la primera lectura, aparece como una figura ambigua ante la exigencia de  Jesús en el evangelio. Como joven rey que es, ha pedido a Dios la sabiduría; el pasaje del  libro de la Sabiduría atestigua que el monarca prefería la sabiduría a cualquier poder real, a  cualquier riqueza, incluso a la luz, la salud y la belleza.

Esta lectura nos ofrece uno de los pensamientos más bellos sobre la sabiduría. Forma parte de una reflexión más amplia sobre la igualdad de los hombres en su naturaleza, y cómo esta nos perfecciona humanamente.

Este don no solamente enseña a gobernar a los reyes, sino a ser divinos a los hombres, porque es la riqueza más alta. Con ello se aprende a discernir lo que vale y lo que no vale en la existencia. Las personas sin «adentros» prefieren el oro, la plata y las piedras preciosas; el dinero y el poder.

La actitud de Salomón no parece  estar lejos de la del discípulo del Nuevo Testamento. Pero en la Antigua Alianza, en la que  falta el modelo de Jesús, todavía no se aprecia el valor de la «pobreza en el espíritu» y del  «dejar todo»; por eso Dios le concederá, debido a la rectitud de su petición, «riquezas incontables» (cfr. 1 R 3,13).

En el texto de la carta a los hebreos, propuesto par la reflexión de hoy, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma. ( Jer 23,29).

La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”.

Por lo mismo, es con la Palabra del Señor con la que podemos caminar por la vida. Esa Palabra es como una espada de dos filos que llega hasta lo más profundo del corazón humano; descubre nuestros sentimientos, nuestras debilidades, y por impulso de la misma podemos confiarnos a nuestro Dios.

Pues esa palabra no es ideología, ni algo vacío. En este caso, debemos decir que nuestro texto tiene mucho que ver con el pasaje de la Sabiduría (Sab 7,22-8,1). La Palabra de Dios, pues, es para el cristiano la fuente de la sabiduría.

Los grandes maestros han pensado, no sin razón, que son varios textos en torno a palabras de Jesús sobre el peligro de las riquezas y sobre la vida eterna, las que se han conjuntado en esta pequeña historia.

Es muy razonable distinguir tres partes: a) la escena del joven rico (vv.17-22); b) la dificultad para entrar en el Reino de Dios (vv. 23-27); c) las renuncias de los verdaderos discípulos (vv.28-30). Todo rematado sobre el dicho “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos” (v. 31). Las dos primeras tienen una conexión más fuerte que la tercera.

Es verdad que todo el conjunto gira en torno a las claves del verdadero seguimiento. No se trata de una enseñanza sobre el voto de pobreza de los monjes, sino de algo que afecta a la salvación para todos.

El joven del Evangelio es lo que suele llamarse “un chico bueno”. Pero este tipo de persona, sobre todo si es joven, suele tener la confusa impresión de que hay algo que no alcanza. No termina de aclararse sobre qué le ocurre: él es un cumplidor, pero intuye que el Maestro apunta otra dirección.

“Jesús se le quedó mirando con cariño”. Es una traducción que me sabe a educador cándido. Me gusta más otra traducción: “Fijando en él su mirada, le amó”. Me parece más acorde con otras miradas de Jesús. Jesús mira al “chico bueno” con la mirada de amor que tiene para los pecadores: Judas, Pedro, Zaqueo, la adúltera…

La frase «sólo Dios es bueno» pretende preparar al joven rico para que no se apegue a  las riquezas si la única riqueza buena es Dios mismo. En efecto, luego que aquel joven expuso que siempre había cumplido los diez  mandamientos, Jesús lo miró fijamente como quien selecciona a alguien y lo amó; es decir: quiso para él el mayor bien posible, esa vida nueva que  precisamente estaba buscando. Y porque Jesús lo amó y como señal de que lo amaba, le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, y luego sígueme.»

El rico se alejó de Jesús lleno de tristeza. El dinero lo ha empobrecido, le ha quitado libertad y generosidad. El dinero le impide escuchar la llamada de Dios a una vida más plena y más humana.

Porque, este  joven, cumple la letra de los mandamientos, pero no su espíritu: “amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo”.

Porque quien acumula  riqueza, aunque sea fruto de su trabajo, aunque dé alguna limosna a los más necesitados,  no ama al prójimo como a sí mismo, ni ama a Dios “con todas sus fuerzas” y, menos aún, “por encima de todo”. Porque “el que quiera  ganar la vida”, dice Jesús, debe dar (gastar) la propia vida por los demás y debe dar lo que no necesita para vivir.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Santos Benetti/José María Vigil/Biblioteca Católica Digital (Mecánica)/ Jose Antonio Pagola/Jaume Grane/ Hans Urs Von Balthasar/ Carlos Vergara.

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