Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. Ciclo B. “El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.”

Hoy es un día entrañable para todos nosotros; celebramos la Jornada Mundial de las Misiones. El “Domund” nos trae cada año un nuevo aliento de universalidad y nos ayuda a pensar en países lejanos y en el trabajo que allá realizan miles de misioneros y misioneras, cristianos de nuestra misma Iglesia.

Anunciar el Evangelio es una tarea confiada por Jesucristo a los apóstoles y a todos los cristianos. Este gozoso anuncio debemos darlo nosotros aquí trabajando en la “nueva evangelización” de nuestros hermanos que se han olvidado de El y que siguen teniendo derecho a conocerle y amarle.

En la primera lectura, del profeta Isaías, encontramos una parte de la gran profecía del siervo de Dios que sufre por los demás. En esta profecía, casi incomprensible en su tiempo, los cristianos han reconocido la predicción más importante del padecer-por-los demás de Cristo.

La primera lectura corresponde a un texto que se conoce actualmente como Trito-Isaías, un discípulo lejano, quizá después del destierro de Babilonia (s. VI) del gran maestro del s. VIII, que ha dado nombre al libro. Pero además, este es uno de los textos más claros en los que se pone de manifiesto el valor redentor del sufrimiento (forma un conjunto con Is 52,13-53,12), de tal manera que es la Iglesia primitiva.

Un Mesías que viniera a pasearse en medio del pueblo sin experimentar sus llantos no sería un verdadero liberador. Si Dios sufre con su pueblo, también debía sufrir su enviado.

Desde hace tres domingos leemos la carta a los cristianos Hebreos. Es un texto muy importante porque nos ayuda a descubrir el sentido de la muerte y resurrección de Jesucristo, relacionándolo con lo que había sucedido en el Antiguo Testamento.

Aquel sacerdocio, aquellos sacrificios en la sangre de los corderos eran figura  del único sacerdote, del único sacrificio, ofrecido una vez para siempre.

La segunda lectura presupone el evangelio. Como nuestro «sumo sacerdote grande» ha expiado suficientemente por nosotros, podemos, gracias a él, «acercarnos con seguridad al trono de la gracia».

Nosotros pertenecemos ante todo al pueblo reconciliado por Dios exclusivamente por el siervo de Dios, y el que «tengamos que sufrir un poco» con él «en pruebas diversas» (1 P 1,6), «en una tribulación pasajera» (2 Co 4,17), debería ser para nosotros un supremo gozo, «el colmo de nuestra dicha» (St 1,2).

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El autor quiere marcar las diferencias con el sumo sacerdote de esta tierra, que tenía el privilegio de entrar en el “Sancta Sanctorum” del templo de Jerusalén. Pero allí no había nada, estaba vacío. Por ello, se necesitaba un Sumo Sacerdote que pudiera introducirnos en el mismo seno del amor y la misericordia de Dios que está en todas partes, cerca de los que le buscan y le necesitan.

Para ser sacerdote no basta estar muy cerca de Dios, sino también muy cerca de los hombres y de sus miserias. Es eso lo que se muestra en este momento en el texto de la carta a los hebreos en que se comienza una sección sobre la humanidad del Sumo Sacerdote.

Para comprender mejor el evangelio de hoy, tengamos en cuenta que, según el relato de Marcos, el episodio sucede inmediatamente después de que Jesús anunciara por tercera vez a los apóstoles sus sufrimientos y su muerte humillante en Jerusalén.

Los tres anuncios de la pasión y muerte expresan vivamente la fe nueva de los apóstoles en Cristo muerto y resucitado, en contraste con la vieja fe en un Cristo guerrero. Y los recuerdos de ciertos hechos vividos junto a Jesús, como las discusiones tenidas acerca de los primeros puestos y otras similares, pasarán a ser signos de toda una actitud que puede en cada momento infiltrarse en el creyente.

La intervención de los hijos del Zebedeo no estaría en sintonía con ese anuncio de la pasión. Es, pues, muy intencionado el redactor de Marcos al mostrar que el diálogo con los hijos del Zebedeo necesitaba poner un tercer anuncio. El texto tiene dos partes: la petición de los hijos del Zebedeo (vv.35-40) y la enseñanza a los Doce (vv. 42-45).

Pensaban los discípulos que iban a conseguir la grandeza y el poder, como le piden los hijos del Zebedeo: estar a su derecha y a su izquierda, ser ministros o algo así. Incluso están dispuestos, decían, a dar la vida por ello; la copa y el martirio es uno de los símbolos de aceptar la suerte y el sufrimiento y lo que haga falta. Es verdad que en el AT la “copa” también puede ser una participación en la alegría (cf Jr 25,15; 49,12; Sal 75,9; Is 51,17).

Podemos imaginar que los hijos del Zebedeo estaban pensando en una copa o bautismo de gloria, más que de sufrimiento. Sin embargo la gloria de Jesús era la cruz, y es allí donde no estarán los discípulos en Jerusalén.

Lo dejarán abandonado, y será crucificado en medio de dos bandidos (fueron éstos lo que tendrían el privilegio de estar a la derecha y la izquierda), como ignominia que confunde su causa con los intereses de este mundo. Esta es una lección inolvidable que pone de manifiesto que seguir a Jesús es una tarea incomensurable.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Santos Benetti/ Albert Taulé/ Jordi Jorba/Hans Urs Von Balthasar/Carlos Vergara/Biblioteca Católica Digital (Mercaba).

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