Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo B.  “Esa pobre viuda ha echado más que nadie.”

 

 

En toda la Biblia, la viuda, el huérfano y el extranjero, son el prototipo del pobre. En vez de extranjero deberíamos hoy decir el migrante. Lo común a todos ellos, es que no tienen quién los defienda.

La viuda perdió a su marido, el único que en una sociedad patriarcal podía defender a la mujer. El huérfano perdió igualmente a sus padres. Al migrante nadie lo conoce y nadie lo defiende.

Dos mujeres ocupan hoy las lecturas del domingo. Dos mujeres que no tienen nada en común con las mujeres que ocupan a diario páginas y páginas de los periódicos que devora la gente.

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Una de ellas es una viuda que vive en un pequeño pueblo situado al Sur de Sidón, Sarepta, y que, presumiendo que ha llegado al fin de su existencia, se prepara para terminar sus escuálidas provisiones y morir después, junto con su hijo.

Si en cualquier momento y cultura ser viuda es símbolo de soledad y vacío, en el momento histórico en el que se nos presenta a la viuda de Sarepta, ser viuda debía ser..

A ella fue Elías y con ella se hizo el milagro, un milagro arrancado por la fe ciega y la generosidad sin límites de aquella mujer. Elías le pidió de comer y ella le entregó, sin reservarse nada, todo lo que tenía, fiada en la promesa de aquel hombre al que no conocía de nada, pero que le hablaba en nombre de Dios.

 

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La otra mujer que protagoniza hoy las lecturas es también pobre e insignificante. No sabemos ni siquiera su nombre. También era viuda. También tenía, por consiguiente, una situación difícil.

Frente a ella están los ricos echando abundantemente en la bandeja del Templo y pasando desapercibidos para la mirada del lince de Cristo. Pero, de repente, entre las espléndidas limosnas, “dos reales”, tintinearon con un sonido especial. Era el don de la viuda, que, al echarlos en la bandeja del Templo en el que creía y confiaba, se quedó sin nada.

Y algo sonó en el corazón de Cristo, que acusó el impacto y quiso en seguida que ese impacto que El había recibido lo captasen los suyos, para que jamás olvidaran lo que, a los ojos de Dios, era verdaderamente interesante.

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“La diferencia entre la viuda y los demás no es sólo cuantitativa, sino esencial: ella lo da todo, como expresión de su confianza absoluta en el Señor; los demás dan solamente una parte de los que tienen, manifestando de este modo que su relación con Dios no es totalizante y definitiva”.

De hecho, el evangelio de hoy no es más que una aplicación práctica del de hace una semana: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu ser”.

La lección era clara. Lo que pesa en la ofrenda al templo, a Dios, no es lo material, sino lo espiritual del que lo ofrece. Por eso «esta viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro». Una cosa es el amor, y otra la ostentación.

Dos viudas pobres dan color a las lecturas. La una se fía de la palabra de Elías y le hace un panecillo con el puñado de harina y el poco de aceite que le quedaba y recibe una recompensa multiplicada.

La otra echa “dos reales” y recibe el elogio del Señor: “ha echado más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado lo que tenía para vivir”.

 



Estas dos mujeres son modelo de creyentes. Son personas abiertas a Dios: confían en él. Estas mujeres son dos “pobres” en el sentido bíblico de los “anawim” (pobres de Yahvé), los que Jesús proclamaba dichosos. No tienen demasiado de que presumir y sentirse orgullosos y ponen en Dios su esperanza.

Este final de la 1ª lectura de hoy viene a confirmar que verdaderamente se cumplió la Palabra de Dios en aquella viuda que confió en él. Confió en Dios de tal manera que lo dio todo a su huésped.

La viuda del evangelio lo dio todo a Dios mismo (la ofrenda al tesoro del templo era expresión de ofrenda a Dios): dándolo todo se ofrecía ella misma, se ponía toda ella en manos de Dios.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Dabar/ Josep Lligadas/Manuel de Tuya/Josep M. Totosaus/Josep M. Romaguera/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba) .

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