Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B. “Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.”

En el mes de noviembre, en pleno clima otoñal, termina el año litúrgico. Hoy es el domingo penúltimo del tiempo ordinario y los cristianos somos convocados a una meditación sobre el fin del mundo y el cumplimiento de la historia de la salvación. Es bueno pensar serenamente en el final para poder entender mejor los principios, y sobre todo para saber vivir en el presente. Meditar en las realidades últimas es signo de valentía espiritual.

El texto de hoy se encuentra en el discurso escatológico de Jesús (13, 1-37), en el Templo, antes de su Pasión. Los tres evangelios tienen este discurso, lo que nos hace suponer que Jesús realmente lo pronunció. Pero las diferencias entre los tres evangelios también nos sugiere que las Iglesias siguieron reflexionando sobre la tradición de Jesús. Es importante en este discurso escatológico discernir los diferentes momentos del discurso y ver su estructura general.

El evangelio de este domingo es uno de los textos más difíciles: el retorno de Cristo al fin del mundo para el juicio universal. El evangelio de hoy, en las postrimerías del año litúrgico, al proclamar el fin del mundo  nos encara con nuestro fin, con el futuro absoluto. Y ese futuro, desconocido, es verdad, pero confirmado por la fe, es esperanzador, pues no está en las manos de los poderosos, ni en los arsenales atómicos, ni en la Banca suiza, ni en la nueva generación de ordenadores,  no está en manos de los hombres, sino en las manos de Dios.

Como todos los años, al finalizar el ciclo litúrgico hemos estado leyendo en el evangelio  dominical textos de los denominados “apocalípticos”; y, entre esta denominación y el contenido, difícil, de los mismos, nos hemos formado una imagen de dichos textos más bien  negativa: hablan de los horrores del fin del mundo, hemos sentenciado.

Al final del año litúrgico, no una palabra de amenaza, de temor o de miedo; no  tremendismos ni catastrofismos; al final del año litúrgico, una palabra de esperanza, de  ilusión, de alegría, de motivación para trabajar por el Reino de Dios que el propio Jesús nos  asegura que no pasará. Es un seguro de triunfo final; pero un seguro que no ahorra el luchar para conquistar ese triunfo.

Es el tiempo de un estilo de vida, de una visión nueva de las cosas. Por este motivo la liturgia de este domingo pretende mostrarnos cómo Jesús transforma el mundo y la realidad de nuestra vida, porque él es lo Nuevo que irrumpe en nombre de Dios en la historia humana.

El libro de Daniel -primera lectura- presenta otro momento dramático de la historia judía: un siglo y medio antes de Cristo, Antíoco Epifanes, amo de Siria, persigue encarnizadamente a los hebreos, prohibiéndoles la adoración de Yahvé. Surgen entonces los macabeos que, después de cruenta lucha, logran la victoria de su pueblo. Entretanto, los hombres de Dios alientan al pueblo: no hay que tener miedo; el Señor viene como Salvador.

Precisamente el texto evangélico de hoy nos habla de la llegada del Hijo del Hombre, que viene a su pueblo trayendo la salvación de Dios. Mas la llegada del Salvador coincide con la destrucción de este mundo que se le opone, tanto la ciudad de Jerusalén que se niega a creer -Jerusalén destruida el año 70 por los romanos, poco antes de la redacción del Evangelio de Marcos-, como el mundo del pecado a un nivel más universal.

En Marcos, Jerusalén es el símbolo del descreimiento y de la dureza del corazón. Cada uno de nosotros es una Jerusalén bien amurallada, orgullosa de sus cosas y de sus gestas; rebelde y agresiva; pertinaz y obstinada en el pecado. Es la ciudad que mata a Cristo para morir después en manos de la ira de Dios.

Y hoy se nos invita a dirigir los ojos hacia arriba, porque llega el Sol que nos alumbrará para siempre con su vida nueva. Jesús llega en un momento de gran calamidad. Esto no significa que estemos a las puertas de alguna catástrofe. No; simplemente significa que la vida humana sin una apertura hacia lo divino y trascendente, es una calamidad.

La lectura del libro de Daniel nos introduce en un contexto que habla del final de los tiempos, de los tiempos escatológicos. Es la expresión de un mundo apocalíptico, que fue una corriente que aparece en el s. II a. C. con objeto de responder a tiempos difíciles y de angustia para el pueblo elegido. El libro de Daniel no es propiamente el libro de un profeta, sino de un apocalíptico, cuya sintonía con la historia es a veces difícil de descifrar.

En nuestra lectura de hoy, Miguel “¿quién como Dios?”, el protector del pueblo según aquella mentalidad, vendrá para proclamar salvación y resurrección para los elegidos. Es en este libro donde aparece por primera vez la resurrección y la vida más allá de la muerte en la fe de Israel. Es esto lo más importante a señalar. Porque en esta lectura apocalíptica hay un mensaje de esperanza y salvación.

En nuestra lectura de hoy, Miguel “¿quién como Dios?”, el protector del pueblo según aquella mentalidad, vendrá para proclamar salvación y resurrección para los elegidos. Es en este libro donde aparece por primera vez la resurrección y la vida más allá de la muerte en la fe de Israel. Es esto lo más importante a señalar. Porque en esta lectura apocalíptica hay un mensaje de esperanza y salvación.

Por eso, a diferencia de los sacrificios de la antigua ley, el de Cristo lleva a la perfección (téléioun) lo que deben ser las ofrendas a Dios. La ofrenda de la vida es lo que vale, como decía Oseas 6,6: “misericordia quiero y no sacrificio; conocimiento de Dios…”

Se habla que Cristo está junto al Padre, en el santuario celeste, para interceder por nosotros, porque su sacrificio de amor en la cruz permanece eternamente. Ese es el sacrificio que ha perdonado de antemano los pecados de todos los hombres. Saber que seremos perdonados, pues, es todo un impulso de confianza en el que se muestra que el valor no está en el sacrificio o el rito que se haga, sino en poder estar en comunión con Aquél que ha dado su vida por nosotros.

El evangelio de hoy forma parte del discurso apocalíptico de Marcos con que se cierra la actividad de Jesús, antes de entrar en la pasión. Es propio de la liturgia con la que culmina el año litúrgico usar esos textos apocalípticos que plantean las cuestiones finales, escatológicas, del mundo y de la historia. Jesús no fue muy dado a hablar de esta forma, pero en la cultura de la época se planteaban estos asuntos.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Luis G. Betes/Luis Gracieta/Santos Benetti/Miguel de Burgos, OP/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba).

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