Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B. “Tú lo dices: soy rey.”

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La fiesta de Cristo Rey es reciente, pero su contenido es tan viejo como la misma fe cristiana. Pues la palabra «Cristo» no es otra cosa que la traducción griega de la palabra mesías: el ungido, el rey. Jesús de Nazaret, el hijo crucificado de un carpintero, es hasta tal punto rey, que el título de «rey» se ha convertido en su nombre.

Esto es el reino de Dios: un amor que no tiene que desarmarse, cuya fantasía encuentra al hombre por caminos siempre nuevos y de formas siempre nuevas. Por eso el reino de Dios significa para nosotros una confianza inconmovible. Pues esto vale siempre y vale en cada una de las vidas.

El evangelio de Marcos, que hemos leído durante este año, presentaba el inicio de la predicación de Jesús de Nazaret con estas palabras: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed la buena Noticia”. Hoy, en esta fiesta que cierra el año litúrgico, hemos escuchado la afirmación final de Jesucristo: “Soy rey”.

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Entre el inicio y el final, hemos escuchado domingo tras domingo, el anuncio y el trabajo de Jesús por el Reino; palabras y obras que en nosotros debían provocar una respuesta de fe.

La afirmación de que Jesucristo es Rey lleva la garantía del evangelio. Jesús mismo lo reconoce abiertamente frente al poder político. Y ello es tanto más extraño cuanto que Jesús repetidas veces había rehuido el ser proclamado popularmente rey, incluso tenía sumo cuidado en no dar pie para ello ante el enardecimiento de las multitudes.

Jesús reconoce frente al poder constituido que es rey, pero aclara muy bien que su reino no es de ese mundo. Pilato no lo entendió: ¿cómo creer que es rey un desgraciado, un hombre traicionado por los suyos, un tipo con la facha que presentaba aquel acusado? Y sin embargo, Pilato lo condenó por ser rey. Así lo hizo constar en la sentencia condenatoria para que figurara en el patíbulo de la cruz: Este es el rey de los judíos.

El orgullo y la gloria del cristiano nacen al pie de la cruz, en el servicio humilde a la comunidad. Somos un reino de sacerdotes, porque todos estamos llamados a ofrecernos totalmente al Padre por la liberación de nuestros hermanos. Somos el reino de Cristo: «Por él, con él y en él» la comunidad dice Sí a la voluntad del Padre.

La primera lectura de hoy, tomada del libro de Daniel, es una visión en la que el autor de este libro apocalíptico contempla a una figura, llamada Hijo de hombre, al que se le confía el destino del mundo. La visión es muy particular: por una parte se habla de “reino” y “poder”. Pero esto lo entrega a Dios a una figura misteriosa, como un Hijo de hombre. Su “reino no será destruido jamás”.

Sabemos que la tradición cristiana, después de la resurrección, ha visto en esta figura humana a Jesucristo. Es un poder que en aquél tiempo estaba en manos de fieras, que representaban los imperios de este mundo.

La visión de Daniel en la primera lectura muestra en imágenes lo que se dice en el evangelio: el Hijo es investido por el Padre con la dignidad de la realeza eterna en un momento intemporal en el que no se puede distinguir entre el plano de la creación y el de la redención. «Todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron»: esto se dice en la Antigua Alianza, antes de la cruz; lo mismo dice el Apocalipsis del «Cordero degollado».

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En la segunda lectura es el Señor resucitado -que sigue siendo todavía, en el juicio final, el «traspasado»- el que se designa como el «Todopoderoso», el Rey por excelencia, el «Príncipe de los reyes de la tierra». Pero como él, que se declaró rey ante Pilato, «nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre», nos ha convertido también, a nosotros los redimidos, «en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre»; nos ha convertido en reyes que, al igual que él, somos a la vez «sacerdotes», es decir, que sólo podemos reinar en virtud de un poder espiritual.

La segunda lectura, el Apocalipsis, se enmarca en la asamblea litúrgica, reunida en nombre del Señor, en la eucaristía, en el domingo, día de la resurrección, en que aparece Jesucristo, el testigo fiel. Este es un texto litúrgico lleno de matices cristológicos, en que se proclama la grandeza del que ha de ser alabado en un himno que encontramos en el v. 7 de la lectura de hoy.

En este libro se habla del cielo, no del infierno. Es el cielo el que se presenta al vidente y el vidente a sus lectores: los cristianos que sufren en este mundo y en esta historia. Estas con las claves de la lectura del Apocalipsis y de este hermoso texto de la liturgia de hoy. Todas las imágenes litúrgicas que se acumulan y los títulos cristológicos como rosario de cuentas de zafiro es para afirmar el triunfo de Dios y de Jesucristo sobre nuestra vida y nuestra muerte.

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El evangelio de hoy forma parte del juicio ante el prefecto romano, Poncio Pilato, que nos ofrece el evangelio de Juan. Es verdad que desde esa clave histórica, el evangelio de Juan tiene casi los mismos personajes de la tradición sinóptica, entre otras cosas, porque arraigó fuerte la pasión de su Señor en el cristianismo primitivo. La resurrección que celebraban los primeros cristianos no se podía evocar sin contar y narrar por qué murió, cuándo murió y a manos de quién murió.

El reinado de Dios, proclamado y realizado por Jesús mediante sus acciones y signos, se basa en las bienaventuranzas, al defender y proteger con justicia a débiles, pobres, oprimidos y marginados. Es como sal que sazona, levadura que hace fermentar, luz que ilumina tinieblas, árbol que ofrece cobijo, red que recoge peces, etc.

Jesús aparece como dueño y señor de una situación que se le escapa al juez romano. Es el juicio entre la luz y las tinieblas, entre la verdad de Dios y la mentira del mundo, entre la vida y la muerte. La acusación contra Jesús de que era rey, mesías, la aprovecha Juan teológicamente para un diálogo sobre el sentido de su reinado.

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Allí, pues, donde está la verdad, la luz, la justicia, la paz, allí es donde reina Jesús. No se construye por la fuerza, ni se fundamenta políticamente. Es un reino que tiene que aparecer en el corazón de los hombres que es la forma de reconstruir esta historia. Es un reino que está fundamentado en la verdad, de tal manera que Jesús dedica su reinado a dar testimonio de esta verdad; la verdad que procede de Dios, del Padre.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Joseph Ratzinger/ J. Gomis/Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/ HANS URS von BALTHASAR/Casiano Floristan/  Miguel de Burgos, OP/

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