Domingo I de Adviento. Ciclo C. “Se acerca vuestra liberación”.

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El adviento: Vuelve el adviento como todos los años. Y después de cuatro domingos, como todos los años, volverá navidad. Se nos ha dicho que adviento es un tiempo litúrgico de preparación para navidad, y que ésta es una fiesta en la que los cristianos recordamos y celebramos el nacimiento de Jesús en Belén.

“Año nuevo, vida nueva”. Ya hace una semana que hemos acabado un ciclo dominical y aún no hace ni veinticuatro horas que hacíamos lo mismo con el ciclo ferial.

Y hoy, primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo curso: la cinta del misal vuelve a las primeras páginas, recuperamos el primer volumen de la Liturgia de las Horas, sacamos del armario un nuevo Ieccionario dominical, el leccionario ferial vuelve a comenzar…

Todo esto nos indica que la Iglesia inicia, una vez más, lo que llamamos año litúrgico, el año del Señor. Día a día, nos proclamará los sucesos salvadores de Jesucristo, y nos introducirá sin parar en el misterio pascual de Jesús, el misterio único y decisivo.

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Jesús  nos invita  a velar. Vela  quien espera la  mañana. Vela quien  espera la luz. Los cristianos  somos los que esperamos a Cristo,  Luz de Luz.

De  esto  se trata  el Adviento  que hoy comenzamos. Esperar  la conmemoración anual del cumplimiento de la  promesa que Dios hizo a la humanidad por medio  de Jeremías, que escuchamos en la primera lectura.  En la Natividad celebraremos que nació el vástago santo  del tronco de David, que nació Jesucristo.

Por un lado, la novedad, el nuevo inicio: cambio de color en los ornamentos, cambio de repertorio musical, especificidad de los textos eucológicos y bíblicos, una austeridad exterior (dejamos de cantar el himno Gloria, no se ponen flores como adorno, no hay música instrumental… hasta la fiesta de Navidad).

Por otro lado, el reencuentro de estos mismos elementos: aquellos cantos, aquellos textos, los gestos, que conforman, año tras año, la memoria histórica de nuestra asamblea, y que cada año nos tendrían que sonar familiarmente nuevos.

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“Anunciad a los pueblos y decidles: “Mirad, viene Dios, nuestro Salvador”. Viene nuestro Salvador: el Adviento es el tiempo de la venida del Señor.

Este  tiempo  tiene dos  partes. Desde  hoy y hasta el  16 de diciembre nos  preparamos para la segunda  venida de Jesucristo. Y a parir del 17 de diciembre, nos prepararemos para conmemorar su primera venida.  

Este primer domingo de Adviento pone el acento en la venida escatológica de Cristo. Es el cumplimiento de la promesa “hecha a la casa de Israel”

Adviento es un tiempo de esperanza y de alegría, de salvación. También de espera, de preparación y esfuerzo vigilante. Desde la fe parece claro, para un creyente, que viene Dios.

El profeta Jeremías presenta, en la primera lectura cómo el Señor nunca en la historia ha faltado a su promesa a pesar de la infidelidad del pueblo. Un descendiente de David salvará el reino de Judá y vivirán así en paz.

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Es una constante en los oráculos mesiánicos de los profetas anunciar al Mesías como el que restablecerá la justicia, y que la justicia es condición necesaria para la paz. La paz y la justicia están vinculadas de manera tan estrecha, que la paz es fruto de la justicia (Is 32, 17). Esa promesa se hizo plena realidad en Jesús de Nazaret.

El profeta juega con el nombre nuevo que ha de llevar el descendiente de David: “Señor, justicia nuestra” (Yhwh sidquenû), de la misma manera que Isaías 7,14 le pondrá, simbólicamente, al descendente de Acaz, “Dios con nosotros” (Inmanûel), y ya sabemos la trascendencia que ese nombre ha tenido para la teología mesiánica cristiana. Los nombres significan mucho en la Biblia y si son simbólicos con más razón.

El exhorto del profeta Jeremías reza así: el Señor es nuestra justicia. No es un título, sino el proyecto y el compromiso del Dios de la Alianza, con Israel y con todos los pueblos.

Ese es el Dios que se encarna, el que hace justicia. Que es más que dar a cada uno lo que le pertenece. Esa idea de justicia (sdq) es algo pobre para el Dios de Jesucristo. Significa mucho más: Dios levanta al oprimido; hace valer al que no vale, porque a Él todos los seres humanos le importan como hijos; hace abajarse al que se ha levantado hasta las nubes sin valer, apoyándose en un poder que no le pertenece.

Y la conversión es mucho mas que hacer penitencia; es un cambio de mentalidad, un cambio de rumbo en nuestra existencia, un cambio de valores. Porque cuando se cambian los valores de nuestra vida, transformamos nuestra forma de ser, de vivir y de actuar.

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La súplica que el salmista hace para que el Señor le muestre sus caminos se ve cumplida en la misma vida de Jesús.

De ahí la exhortación que hace el apóstol Pablo para crecer cada día en el amor, porque el amor nos prepara para el encuentro definitivo con el Padre.

Esta es una invocación de Pablo, urgido y urgiendo a la comunidad para preparase a la pronta “venida del Señor”. Hoy día no cabe duda que Pablo pensó ver este momento con sus ojos. Como la mayoría de los primeros cristianos pensaba que la “parusía”, la presencia efectiva del Señor resucitado estaba a punto de llegar.

Después fue cambiando poco a poco esa mentalidad influida por un perfil apocalíptico por una visión histórica más concorde con la realidad de “transformar” el mundo y “transformarse” personalmente a imagen de Cristo, por medio del amor y de la muerte.

Con un lenguaje apocalíptico el evangelista Lucas anuncia los signos que precederán la venida del Hijo del hombre. Estos signos hay que entenderlos no en el sentido catastrófico (cfr Dn 7), tampoco con temor, sino más bien con la esperanza que despertaron estos escritos apocalípticos en el Antiguo Testamento y en la primera comunidad cristiana, en tiempos de las persecuciones de las que fueron víctimas por los emperadores romanos. Por eso Lucas asocia este tiempo con la cercanía de la liberación.

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En el evangelio se nos pide vigilar y estar atentos a los signos de los tiempos. Tenemos que saber lo que pasa.  

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser.

Hoy escuchamos su grito de alerta: “Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero”.

Por  eso, el  Evangelio que  escuchamos hace  referencia a la venida  gloriosa de Jesucristo al  final de los tiempos, que  es en lo que creemos, como profesamos  en el Credo.

En el Primer Domingo de Adviento, “Ciclo C” del año litúrgico, que estará apoyado fundamentalmente en el evangelio de Lucas, se ofrece un mensaje lleno de fuerza, una llamada a la esperanza, que es lo propio del Adviento: Levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra liberación. Esa es la clave de la lectura evangélica del día.

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No son los signos apocalípticos los que deben impresionar, sino el mensaje de lo que se nos propone como oferta de parte de Dios. Los signos apocalípticos, en este mundo, siempre han ocurrido y siempre estarán ocurriendo.

Lucas también nos ha trasmitido el discurso apocalíptico en boca de Jesús (c. 21) a semejanza de lo que hace Mc 13. En Lucas comienza con una enseñanza que contrasta con la actitud de algunos que están mirando y contemplando la grandeza del templo (21,5ss).

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Jordi Guardia/M. Martínez de Vadilo/José Antonio Pagola/Liturgia Papal/Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/ Fray Miguel de Burgos, O.P.

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