Domingo VII del Tiempo Ordinario. Ciclo C. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.”

En estos últimos domingos antes de Cuaresma, las lecturas nos invitan a contemplar el misterio de Dios presente en los demás. Nos invitan a hacerlo de una manera extrema: a reconocer la dignidad de Hijos de Dios y por tanto dignos de ser amados tal como él los ama, aún en aquellos que nos insultan y persiguen, aún en aquellos que consideramos despreciables por sus obras.

El Evangelio de hoy nos trae uno de los muchos pasajes que quieren enseñarnos a ser discípulos de Jesús, a ser cristianos.  

El amor al prójimo no reside en un acto de la voluntad, con el que intento reprimir todos mis sentimientos de odio, sino que se basa en una gracia: en que se me dan unos nuevos ojos para ver al prójimo.

El amor al enemigo es un amor que acaba con el enemigo: Pero no con el hombre. Es la única fuerza que puede batirse cuerpo a cuerpo con el odio. Frente al enemigo se pueden adoptar tres actitudes: suponer que no es enemigo, imaginar que aquí no ha pasado nada y no tomarlo en cuenta, en cuyo cosa todo seguirá igual; o enfrentarse al enemigo y responder a su agresión con las mismas armas, oponiendo odio al odio, en cuyo caso siempre vencerá el odio y caeremos en la espiral de la violencia; o, finalmente, y ésta es la actitud que nos pide Jesús, amar al enemigo y hacer bien a los que nos odian, conscientes de que el mejor bien que podemos hacer al enemigo es despojarlo de sus armas para ganarlo como hombre.

Lucas señala dos gestos de radicalidad generosa: poner la otra mejilla a quien te golpea y dar la túnica a quien abusa de ti. De este modo quiere recalcar actitudes básicas: no sólo hay que rechazar el odio y la venganza, sino que hay que devolver bien por mal.

En el Antiguo Testamento se manda amar al prójimo, pero el prójimo era sólo el judío: “Sabéis que se dijo: <Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo>”. Naturalmente el odio a los enemigos era un dicho de los judíos, no un mandato bíblico,.

Frente a todas estas filosofías, Jesús nos dice: No sólo al prójimo, hay que amar a todos, sean judíos o no, “para que seáis hijos de vuestro el Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,43).

El judaísmo trataba a cada uno según sus obras. Es lo natural. Pero eso lo saben hacer también los que no creen en Dios: devolver mal por mal, bien por bien. Pero vosotros no sois paganos, sino hijos del Padre del cielo. Imitadle. El es compasivo, vosotros también. Haced el bien. Amad aunque no seáis amados. Dad sin esperar que os lo paguen. Devolved bien por mal.

La misericordia del Señor es infinita, eterna su fidelidad, infalible su justicia. Las lecturas de este domingo nos llaman con voz potente: estamos llamados a amar a todos los hijos de Dios. A ser misericordiosos, incluso con los inmisericordes. A ser fieles al misterio del Dios Padre que no ama menos a sus hijos porque le sean infieles. A ser justos en dar absolutamente a todos el amor que todos merecen, simplemente por ser criaturas de Dios.

En esta primera lectura se narra un episodio muy importante de la vida de David, el gran rey de Israel y Judá, quien en su carrera hacia el reinado quiere respetar al ungido de Dios, hasta entonces, Saúl, y no quiere matarlo en una ocasión propicia cuando dormía en el desierto. Es una lectura, con rasgos de leyenda, que quiere hablarnos de lo importante que es la magnanimidad y generosidad en la vida; mensaje que de alguna manera nos prepara a escuchar el evangelio de día. Es manifiesto que los redactores “deuteronomistas” ha querido exaltar la fidelidad de David al ungido de Dios, porque él lo sería un día.

Iª Corintios (15,45-49): Cristo vivificador. Esta lectura es la unidad penúltima de la disertación paulina sobre este misterio de la vida (1Cor 15): no hemos nacido para quedarnos en la tierra, sino para ser seres espirituales, donde la muerte no nos lleve a la nada.

Es eso lo que se propone bajo la imagen de los dos Adanes: el de la tierra y el del cielo. Pablo ha querido recurrir al Gn 2,7 para sacar unas consecuencias entre el hombre natural, biológico, genético si cabe, y el hombre espiritual (el de la resurrección).

El hombre espiritual es el de la resurrección, que en 1 Cor 15 es precisamente Cristo. Por tanto, se impone una consecuencia: de Gn 2,7 sale el hombre (Adam) para esta vida, con toda su dignidad, con toda su creaturalidad que no es simplemente la vida biológica de los seres vivientes. Pero no se ha acabado ahí el misterio de ser “imagen de Dios”. No llegaremos a ser la imagen plena de Dios sino en la resurrección, como lo es Cristo ya resucitado según este texto de 1Cor 15.

El amor a los enemigos y la renuncia a la violencia para hacer justicia es lo que Dios hace día y noche con nosotros. Por eso Dios no tiene enemigos, porque ama sin medida, porque es misericordioso. La diferencia con Mateo es que Lucas no propone “ser perfectos” (que, en el fondo, tiene un matiz jurídica, propio de la mentalidad demasiado arraigada en preceptos y normas), sino ser misericordiosos: esa es la forma o el talante para amar incluso a los enemigos y renunciar a la venganza, a la violencia, a la impiedad.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia

Fuentes: Luis Gracieta/ Casianl Floristan/ J. Marti Ballester/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/ Fray Miguel de Burgos, O.P.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s