II Domingo de Cuaresma. Ciclo C.  “Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo.”

images.jpegEl segundo domingo de Cuaresma es siempre el domingo de Abrahán y de la transfiguración: cada año leemos, en la primera lectura, una escena diferente de la historia de Abrahán y, en el evangelio, el relato de la transfiguración según el sinóptico correspondiente.

Este año la escena de Abrahán subraya la iniciativa de Dios en sus promesas, a la cual Abrahán responde con fe, que es también respuesta activa. Y el relato de la transfiguración de Lucas, tal como sucedía también el pasado domingo con las tentaciones, destaca el término del camino de Jesús, el misterio pascual que debe realizarse en Jerusalén.

Si el domingo pasado veíamos a Jesús en el desierto, que ayuna y es tentado, hoy le vemos arriba del monte, con el vestido blanco y el rostro resplandeciente. Así es también nuestra vida.

La Cuaresma constituye una invitación permanente a subir a los alto de la montaña, junto con el Señor y en compañía de sus discípulos más adeptos. Allí nos dedicaremos a orar, a dejarnos invadir por el poderoso resplandor de su presencia luminosa. En la soledad de la montaña (=en la intimidad del corazón) es donde el Señor se manifiesta a los suyos, donde les descubre el resplandor de su rostro.

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Hay momentos de todo y épocas distintas. Pero los cristianos tenemos la suerte de vivir la vida acompañados, porque Jesús se ha mostrado hombre como nosotros y ha conocido las múltiples situaciones de nuestra vida.

Es curioso ver cómo el hombre se preocupa siempre de construir una casa a Dios quien, por el contrario, ha bajado a la tierra precisamente para habitar en la casa del hombre. El corazón del hombre es el “lugar” preferido por Dios. Y no es cuestión ni de ladrillos ni de metros cuadrados.


A la luz de la primera lectura, donde hemos escuchado cómo Dios pactaba con Abrán y todos sus descendientes, ya podemos adivinar que las palabras que ahora mismo recordábamos -“cielo”, “arriba”- no tienen un sentido geográfico, como si Dios quisiera alejarnos de nuestro mundo, de nuestra tierra.

Durante la Cuaresma nos preparamos para celebrar la Pascua como la Alianza definitiva que Dios ha hecho con la humanidad a través de Cristo. La Cuaresma no ha de ser tanto un tiempo de esfuerzo por conseguir una perfección basada en nuestras obras, cuando una ocasión de suscitar nuestra fe, confiando únicamente en la promesa de Dios, realizada en la Pascua de Cristo.

Las lecturas de este segundo domingo de Cuaresma están enmarcadas en unos simbolismos que son propios de unos tiempos lejanos, donde lo religioso, lo legendario, lo mítico y lo real se dan cita en la búsqueda constante por el sentido de la vida, por el futuro y por aquellos aspectos que nos trascienden, que van más allá de lo que cada día sentimos y vivimos.

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En esta lectura de hoy se nos presenta a Abrahán al que se le da a contar las estrellas del cielo para significar que todos los que se fíen de Dios serán su pueblo, su familia. Eso es lo que se quiere representar muy especialmente y ese es el sentido de la “alianza” que Dios hace con él.

Pablo invita a la comunidad a que sea imitadora de sus sentimientos, y no seguidora de sus adversarios, que son enemigos de la cruz de Cristo. Porque es la cruz de Cristo, a pesar de su aparente fracaso, lo único que nos garantiza una vida verdadera, una vida que va más allá de la muerte, y que nos hará ciudadanos del cielo.

Llama la  atención que en el  pasaje del Evangelio  el Padre nos invite a escuchar  a su Hijo, pero Jesús no diga  una sola palabra. Solo hay una narración  de hechos. Sin embargo, Jesús es la Palabra.  Por tanto, en todos los latidos de su corazón,  en todas sus respiraciones, en todos sus gestos, nos  dice algo. Preguntémonos qué nos dicen los hechos. Preguntémonos por  qué se trasfiguró.

De esta  forma, es  como si el Padre  nos dijera, escuchen  a mi Hijo, en él está  la plenitud de mi amor, que se revelará  en la cruz. Si con Abram hice una alianza,  la alianza nueva y eterna se sellará con sangre en el Calvario.  

Este  domingo  nos recuerda,  por tanto, que  la Cuaresma se orienta  a la Pascua. No existe por  si misma, sino como un medio  de preparación a la celebración anual  de la Resurrección. Y la Pascua es el  misterio que da sentido al sufrimiento humano.  En el bautismo de dolor y de amor que recibió  Jesús por nosotros puede entrar todo el sufrimiento  humano. Por eso, cuanto mayor es la esperanza que nos  anima, tanto mayor es también en nosotros la capacidad de  sufrir por amor, ofreciendo con alegría las pequeñas y grandes pruebas de cada día e insertándolas en el gran sacrificio de Cristo.  

La  Cuaresma  es un tiempo  de esperanza en  que el fin de nuestra existencia  no es un sepulcro, sino la resurrección  en Cristo. Es un tiempo en el que se forma la esperanza cristiana, en el que podemos reflexionar que el  sufrimiento es el camino a la vida y, por tanto, que el mal del que somos objeto no debe hacer  surgir mas mal, sino perdón a los demás.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: J. Totosaus/ Alessandro Pronzato/J. M. Bernal/ Josep Rambla/J. Llligadas/Joan Llopis/Fray Miguel de Burgos, O.P./Liturgia Papal/Biblioteca Católica Digital (Mercaba).


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