IV  Domingo de Cuaresma. Ciclo C. “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos”

Laetare Jerusalem. Con esta expresión comienza el introito latino de la misa de este  domingo: Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus  consuelos, dice el texto de la antífona de introducción. Hoy es pues el domingo Laetare marcado por la alegría, como si se tratara de un cierto respiro en el camino cuaresmal. Hoy  se aconseja poner algunas flores en el altar y hacer sonar los instrumentos musicales con más generosidad.

También el color rosado de los ornamentos de los ministros ordenados  pueden contribuir a dibujar la personalidad propia de este domingo cuaresmal. Además,  este año, con la lectura evangélica de la parábola del hijo pródigo, podemos hacer énfasis  en la alegría del Padre, en la alegría del cielo cuando un pecador se convierte.

La parábola de este domingo, mal llamada del «hijo pródigo», pues es más bien la del «padre misericordioso», nos revela qué sucede en una comunidad dividida por el pecado de quienes la abandonan y por el pecado de quienes se niegan a la reconciliación. El hijo menor abandona el hogar, rompe la unidad familiar, dilapida los bienes de su comunidad.

La liturgia de hoy, ya desde su comienzo, nos invita a la alegría Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis…”. (antífona de entrada). Y es que ya están próximas las fiestas pascuales y, con ellas, la plena restauración de la comunidad cristiana por la Muerte y Resurrección de Cristo.

En la liturgia eucarística podemos hoy utilizar el prefacio de la penitencia, “El sacramento de la Reconciliación en el Espíritu”. Y habrá que subrayar hoy el Padre nuestro, cantándolo y utilizando la monición segunda.

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La maravillosa página de hoy es ciertamente un canto a la Misericordia de Dios, y palabra de ánimo al pecador hundido que necesita enterarse de que su vida tiene solución. Todo lo que se anuncie a los “pecadores oficiales” en este sentido, será poco. Pero no podemos marginar el hecho: Jesús dirige la parábola a gente de buenas costumbres y a gente teológicamente instruida, escandalizada porque Jesús alterna con pecadores y come con ellos.

Los hombres somos así: pecadores y a la vez inmisericordes con el pecador. Pero Dios no es como nosotros. Dios es Padre y nos quiere de verdad. Nos quiere, no por lo que hacemos, el bien o el mal, sino porque es nuestro Padre y somos hijos suyos, pecadores o no. Nos quiere, no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. Y es este amor de Dios el único que puede hacernos buenos, el que nos puede sacar de la maldad, el que nos puede librar del pecado, el que nos puede alentar en el camino del bien.

El camino del retorno es difícil. Sólo puede hacerse a golpe de gracia, como vemos en San Agustín o en Foucauld o en cualquiera de nosotros. El amor misericordioso de Dios es más fuerte que nuestras miserias.

Dios nunca nos abandona, por mucho que corramos en la huida. El va siguiendo nuestros pasos. Tú puedes olvidarte de Dios, pero El no se olvida nunca de ti. Un hijo puede olvidarse de su madre, pero la madre no se olvidará nunca de su hijo; pues aunque ésta se olvidara, Dios no se olvidará (cfr. Is 49,15-16; 43, 4; 54, 8).

El hijo pródigo de la parábola «entra en sí mismo» y «se puso en camino», atraído por el imán del padre. Hasta allí llegaba la fuerza de su amor. El amor atrae al más alejado; cuando uno se siente amado es cuando se pone en camino, es el principio de la salvación.

La primera lectura pretende recordar un hecho bien determinado de la historia primitiva del pueblo de Israel cuando se celebró la Pascua, fiesta de la liberación, en Guilgal. Es la primera Pascua en la tierra prometida, para señalar que desde ahora se terminan los dones extraordinarios del desierto, como el maná, porque el pueblo no puede vivir exclusivamente de cosas extraordinarias, sino que tiene que vivir su fe en Dios, en Yahvé, desde la experiencia de cada día, desde la lucha de cada día, del trabajo de cada día.

La confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que debemos acostumbrarnos a ver la mano de Dios en todos los momentos de nuestra vida.

Si la primera Pascua, la del Éxodo (Ex 12), es la de la liberación, esta Pascua en Guilgal es un memorial de acción de gracias porque ha terminado el tiempo del desierto, de la esclavitud. Es muy probable que el autor deuteronomista, redactor de los libros históricos (como es el caso de Josué), quiera hacer presente que la tierra es también un don de la Pascua de la liberación. Es una fiesta de unidad, de alegría: Dios ha cumplido su promesa.

La lectura pone como tema dominante la reconciliación, a lo que Pablo dedica toda su vida apostólica, toda su pasión por Cristo. Eso es lo que él ha querido trasmitir a su comunidad frente a algunos adversarios que lo ponen en duda. El evangelio de Cristo, para Pablo, se centra precisamente en la reconciliación de todos los hombres con Dios; por ello da Cristo su vida y eso es lo que los cristianos celebramos en las Pascua, a la que nos prepara este tiempo de Cuaresma. La Pascua de Cristo abre, pues, una nueva era: la era de la reconciliación.

En este domingo nos encontramos en el corazón de la Cuaresma, y de alguna manera, en el corazón del evangelio de Lucas, que es la lectura determinante del Ciclo C del año litúrgico. En el corazón, porque Lc 15, siempre se ha considerado el centro de esta obra, más por lo que dice y enseña en su catequesis, que porque corresponda exactamente a ese momento de la narración sobre Jesús.

El padre de gran parábola, que es imagen del Padre Eterno, explica con estas palabras que la alegría es el sentimiento de Dios ante el regreso de los pecadores. Por eso este domingo se conoce como Laetare, alégrate, como dicen las primeras palabras de la antífona de entrada. Y por eso hoy pueden  usarse ornamentos rosas, que simbolizan que la alegría atenúa el púrpura color penitencial.

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La alegría que promete el pecado es solo un espejismo. Al poco tiempo, el hijo empezó a pasar necesidad. No podía comer ni siquiera lo que comían los cerdos, considerados animales impuros por los judíos. Jesús nos  presenta una imagen de lo que sucede con el pecado en realidad. Nos pone en una realidad infrahumana, por debajo de los animales.

La Iglesia nos presenta esta parábola en Cuaresma para que nos demos cuenta que no alcanzamos la felicidad en el pecado, en la tierra lejana. La verdadera alegría está en el amor. Nos invita, por tanto, a dejar el pecado y correr a los brazos del Padre. A que hagamos la prueba y veamos que es bueno el Señor, que él nos libra de las angustias y temores, como  escuchamos en el salmo. Cristo nos abre el camino a la casa paterna. Como leímos en la segunda lectura, Dios nos reconcilió por medio de Cristo. Pero dice algo más: que nos confirió el ministerio de la reconciliación. Este ministerio tiene lugar en el sacramento de la penitencia. Es ahí en donde le podemos decir a Dios, por medio de su ministro, que hemos pecado y que no merecemos ser hijos.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Ángel Gómez / Santos Benetti/Liturgia Papal/J. González Padrós/ Fray Miguel de Burgos, O.P./ Biblioteca Católica Digital .


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