Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo  Rey del Universo. Ciclo C “  «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».”

images (4)Esta fiesta, que antes estaba arbitrariamente situada el último domingo de octubre, fue colocada por la reforma litúrgica como conclusión de la larga serie de los domingos del tiempo ordinario, convirtiéndose así en una especie de conclusión del año litúrgico. Con este domingo y la semana que de él depende se concluye el largo Tiempo Ordinario y se clausura el Año Litúrgico. Hoy se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo; su triunfo es el triunfo final de la Creación. Cristo es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado.

Los Evangelios nos presentan un Rey cuyo trono es la cruz y cuyo cetro es un clavo que atraviesa su mano. Demasiado fuerte, demasiado escandaloso, demasiado insoportable para el hombre. A los primeros cristianos les costó no poco asimilar este Dios, este Rey que presentaba su máximo esplendor clavado en una cruz. San Pablo tendrá que recordar que «predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura» (1Co 01,23).

Nuevamente llegamos al final del año litúrgico y nuevamente celebramos la festividad en la que nos fijamos en Cristo como Rey. La festividad nos invita a fijarnos en la forma de ser de ese Reino de Cristo; pero no sólo la festividad: también la necesidad; aún estamos muy lejos de ser conscientes del estilo del Reino de Cristo y, sobre todo, estamos muy lejos de vivirlo.

Los orígenes de este Rey crucificado se remontan lejos en el símbolo y en el anuncio. La realeza de Cristo encuentra así su figura y su tipo. Recibe la unción regia como un rey pastor.

La primera lectura recuerda brevemente que David como rey es el antepasado de Jesús; David había sido ya ungido por Samuel cuando no era más que un joven pastor y en una época en que todavía reinaba Saúl; aquí es reconocido oficialmente por todas las tribus de Israel como el pastor de todo el pueblo. Es una imagen anticipada de lo que sucede en la cruz: Jesús era desde el principio el Ungido (Mesías), pero en la cruz es proclamado Rey oficialmente (en las tres lenguas del mundo según Juan).

La lectura se ambienta en Hebrón, donde según la tradición, se conservan las tumbas de los Patriarcas del pueblo de la Alianza. Los del sur, a cuya tribu de Judá pertenecía David, ya lo había proclamado rey. David tenía fama de buen defensor y sobre él se tejerá la leyenda sagrada de rey justo y capaz de alcanzar la unidad. Él conquista la paz; aunque, lógicamente, la paz de David es una paz efímera, lo mismo que la solidaridad entre las tribus, entre el norte y el sur, se resiente de muchos defectos.

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David se nos presenta hoy, por tanto, como una figura entrañable del futuro Mesías. Si ya de él se puede decir: “tú serás el pastor de mi pueblo, Israel”, nosotros sabemos que esta realeza se cumple de un modo mucho más pleno y profundo en Cristo Jesús.

La segunda lectura amplía el presentimiento del buen ladrón hasta lo ilimitado, sin abandonar el centro de esta realeza de Jesús, su cruz. La creación entera está sometida a él como Rey, porque sin él ella simplemente no existiría. Toda ella «se mantiene» en él. El Padre ha concebido el mundo desde un principio de modo que debe llegar a convertirse en el «reino de su Hijo querido», y esto por así decirlo no a partir de sí mismo, sino expresamente de modo que por Jesús «sean reconciliados todos los seres» y todos recibamos por él «la redención, el perdón de los pecados», y de modo que esta «paz» entre todos los seres, los del cielo y los de la tierra, sólo debe fundarse en «la sangre de su cruz».

La carta a los Colosenses nos ofrece hoy un himno cristológico de resonancias inigualables: Cristo es la imagen de Dios, pero es criatura como nosotros también. Lo más profundo de Dios, lo más misterioso, se nos hace accesible por medio de Cristo. Y así, Él es el “primogénito de entre los muerto”, lo que significa que nos espera a nosotros lo que a Él. Si a él, criatura, Dios lo ha resucitado de entre los muertos, también a nosotros se nos dará la vida que él tiene.  Cristo ha traído la salvación y la liberación, no solamente para un pueblo, sino para todos los pueblos, para todas las naciones. ¿Por qué? Porque Él es la imagen del Dios invisible. Este concepto, siempre discutido, se carga de contenido para mostrar la diferencia entre los reyes del pueblo del Antiguo Testamento y Cristo.

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Nos lo ha explicado con entusiasmo san Pablo, en el himno Cristológico de la carta a los de Colosas. Cristo es imagen de Dios, primogénito de todo el cosmos, cabeza de la nueva humanidad, el primero en todo, en el que reside la plenitud de la vida. Y nosotros nos gozamos en esta primacía de Cristo, porque sabemos que Dios “nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” y nos hace compartir con él las riquezas de su luz y su libertad.

El evangelio de Lucas forma parte del relato de la crucifixión, diríamos que es el momento culminante de un relato que encierra todo la teología lucana: Jesús salvador del hombre, y muy especialmente de aquellos más desvalidos.

Por ello se llama la atención de cómo el pueblo “estaba mirando” y escuchando. Y comienza todo un diálogo y una polémica sobre la “salvación” y el “salvarse” que es uno de los conceptos claves de la obra de Lucas. Los adversarios se obstinan en que Jesús, el Mesías según el texto, no puede salvarse y no puede salvar a otros. Además está crucificado y ya ello es inconveniente excesivo para que el letrero de la cruz.

Todo, en el relato, convoca a contemplar; emplaza al “pueblo” (testigo privilegiado de la pasión en Lucas) para que sea espectador del fracaso de este profeta que ha dedicado su vida al reinado de Dios, sin derecho alguno, y rompiendo las normas elementales de las tradiciones religiosas de su pueblo. Los profetas verdaderos no pueden acabar de otra manera para las religiones oficiales. Por lo mismo está en juego, según la teología de Lucas, toda la vida de Jesús que es una vida para la salvación de los hombres.

El diálogo con los malhechores (vv. 39-43), y especialmente con aquél que le pide el “paraíso”, es un episodio propio de Lucas que ha dado al relato de la crucifixión una fisonomía inigualable. La comparación que hemos mencionado con Alejandro Magno y el “nudo gordiano” sigue estando en pie a todos los efectos. Quien crucificado, la muerte más ignominiosa del imperio romano, pueda ofrecer la salvación al mundo, podrá dominar el mundo con el amor y la paz, no con un imperio grandioso fundamentado en la guerra, la conquista, la muerte y la injusticia.

El malhechor lo invoca con su nombre propio ¡Jesús!, no como el de Mesías o el de Rey o incluso el de Hijo de Dios. Esto es algo que ha llamado poderosamente la atención de los intérpretes. Es verdad que en la Biblia, en el nombre hay toda una significación que debe ser santo y seña de quien lo lleva. “Jesús” significa: “Dios salva” o “Dios es mi salvador”. Es una plegaria, pues, al crucificado, pero Lucas entiende que en todo aquello está Dios por medio.

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La interpelación del buen ladrón como plegaria es para Lucas toda una enseñanza de que el crucificado es el verdadero salvador y de que por medio de su vida y de su muerte, Dios salva. Por tanto encontraremos salvación y salvación inmediata: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esta es una fórmula bíblica cerrada para expresar la vida después de la muerte.

El prefacio de hoy, tan conocido, es una gran síntesis: la entrega en la cruz, la sumisión de la creación (toda la creación empapada de su ley de amor), y la plenitud en Dios de toda la historia del hombre y del universo. Este prefacio de esta celebración nos presenta algunos rasgos precisos de este Reino: Reino de verdad y de vida, Reino de justicia y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz.

Con la solemnidad de Jesucristo Rey culmina cada año la Iglesia el curso litúrgico seguido en torno a Jesús, para significar que él es el centro y la vida, “el alfa y la omega, el principio y el fin” (Ap 21,6), el revelador del Padre, por ser la imagen visible de Dios invisible, el primogénito de entre los muertos, la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, el primero en todo, el receptáculo de toda la plenitud y el reconciliador y pacificador de todo, por la sangre de su cruz (Colosenses 1,12). Pero conviene aclarar que es Rey no como los de este mundo, ni de este mundo (Jn 18,36), por tanto no viene a competir con ningún rey o primer mandatario de la tierra.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.

Fuentes: Andrés Pardo/L. Gracieta/Josep  Lligadas/HANS URS von BALTHASAR/J. Aldzabal/J. Marti Ballester/ Fray Miguel de Burgos, O.P./Biblioteca Católica Digital (Mecaba)


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