San Francisco Javier (+ 1552) “Patrono de las Misiones y Gigante de la Historia de las Misiones”

Fue el gran apóstol de los tiempos modernos, como San Pablo lo fue de los antiguos. Misionero de soberana grandeza, nos pasman sus obras portentosas. Fue el gran conquistador de Oriente, que iba abriendo camino a un ejército de misioneros. Despertó el espíritu misional de la cristiandad. 

Francisco de Javier, cuyos apellidos debieron haber sido Jassu, Azpilcueta, Atondo y Aznárez de Sada, nació el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, situado en los confines de Navarra, frente a Aragón, a ocho kilómetros de Sangüesa, 54 de Pamplona y uno de las márgenes del río Aragón.

La familia del Santo era de las más distinguidas del reino navarro. Su padre, don Juan de Jassu o Jaso y Atondo, doctor por Bolonia en ambos derechos, era uno de los principales personajes del país, y unía en sí la rama de los Jassu de Ultrapuertos (hoy Francia) con la de Atondo, del señorío de Idocin. Su madre, María de Azpilcueta y Aznárez de Sada, provenía de la casa solar del mismo nombre del valle del Baztán, y heredaba de su madre la posesión de Javier, vinculado a su familia por lo menos desde 1263, lo mismo que cierto grado de parentesco con la realeza navarra.

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Su formación primera dependió principalmente de la abadía fundada por su padre en la parroquia de Javier, lo mismo que de los miembros de su familia en aquel castillo solitario, especialmente de su madre: porque su padre, muerto cuando el Santo contaba nueve años, había estado ausente largas temporadas en Pamplona o en cortes extranjeras por los asuntos del reino.

Fuera de la piedad intensa que bebió en su vida familiar, el acontecimiento que influyó especialmente en la orientación de su carácter y de sus aspiraciones fue la ruina de las instituciones políticas bajo las que había nacido y por las que luchó su familia, y la ruina también de su castillo, rebajado a la categoría de mansión señorial de tipo agrícola, en vez de ostentar las almenas guerreras de sus enhiestas torres.

Es indudable que todo ello influyó en su marcha a la Universidad de Paris en 1525, al terminar las guerras en que participaron sus hermanos y al asentarse sobre bases nuevas y duraderas la vida de los Javier, reconociendo el nuevo orden de cosas.

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Javier había recibido del capellán lecciones de gramática y latín. En Sangüesa, donde tenían una casa, asistiría a otras clases; lo mismo que en Pamplona. Ya estaba preparado para la universidad. Soñaba con ser un sabio y ganar mucho dinero para rehabilitar a su familia. Tenía 19 años. 

Era de buena estatura y esbelto. Su hermoso rostro irradiaba inocencia. Siempre alegre, jovial y afable. Un día de 1525, acompañado de un sirviente, pasó a caballo los Pirineos, camino de París. 

Iba a estudiar en la Sorbona. En la célebre universidad bullían tres o cuatro mil estudiantes de todas las partes del mundo, incluso árabes y persas. Vivían repartidos en 50 colegios mayores, en las estrechas, húmedas y malolientes calles del barrio latino, a orillas del río Sena. Esos colegios formaban la universidad. Eran autónomos, con su propio claustro de profesores.

En 1534 Javier estaba ganado, y, aun antes de hacer el mes de ejercicios espirituales, que le armaría para los duros combates de la vida, se alistó en el pequeño escuadrón ignaciano de los primeros votos de Montmartre, 15 de agosto de 1534.

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Javier completó su formación espiritual junto a Ignacio en Italia, ejercitó sus primeros ministerios apostólicos en favor de las almas, gustó más el sentido católico de la vida junto a la cátedra de San Pedro en Roma, y recibió las sagradas órdenes en Venecia. 

Se presentó a Ignacio el embajador de Portugal D. Pedro Mascareñas. Le pidió en nombre del rey Juan III seis misioneros para la India.

– “Señor Embajador”, le dijo Ignacio, “si mando seis para la India, ¿cuántos me quedan para el resto del mundo? Os enviaré dos”.

Señaló a Simón Rodríquez y a Bobadilla, a quienes el Papa nombraría sus nuncios. Pero como Bobadilla cayó enfermo, Ignacio llamó a Javier:

– “¿Quieres ir tú?”, le dijo.

– “Dispuesto estoy”, contestó Javier.

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Parece ser que Javier ya sabía que iría a la India. Dice Jerónimo Domenech que en Bolonia “gran parte de sus conversaciones versaban sobre la India y la conversión de los gentiles. Así manifestaba su gran deseo de ir a las misiones”. Un día dice el mismo Javier: “¿Os acordáis, hermano mío Simón, de aquella noche que pasamos juntos en Roma y que os desperté con mis gritos de “¡Más, más!”? Sabed que fue por verme corno envuelto en grandes trabajos y peligros por el servicio de Nuestro Señor… Yo creo que llega la hora en que se ha de realizar lo que me fue mostrado de antemano”.

A la mañana siguiente de ser destinado a la India, fue Javier a pedir al Papa su bendición. Después de remendar su sotana y coger el crucifijo, el breviario, la Biblia y algún libro, salió con el embajador, que no podía esperar.

En el camino hacia Lisboa era el servidor de todos. Hasta se ocupaba de sus caballos. Todos se querían confesar con él. Un criado del embajador quiso lucirse y se metió a caballo en un río muy crecido. Las aguas le arrastraron. El santo se puso de rodillas, y el hombre apareció milagrosamente en la orilla.

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Para coronamiento de estas actividades vivió varios meses en Roma como secretario del mismo San Ignacio, en aquellos tiempos en que estaban estudiando su futuro régimen de vida al ver fallidas providencialmente las esperanzas y planes de su viaje a Jerusalén y su vida apostólica en Palestina.

Los acontecimientos se precipitan ya en la vida de Javier. Doce años le quedan aún para luchar por Dios, y el que hasta ahora ha estado como en segundo plano, hace ahora de pronto irrupción en la vanguardia de los acontecimientos, y en ella se mantiene sin desfallecer hasta su último aliento.

Dios convertiría en realidad los sueños que había tenido aquellos años, de estar evangelizando en las Indias.

Fomentó el clero indígena, la enseñanza y los catecismos. Su salud, sus conocimientos, sus dones de trato personal, su valor a toda prueba, y sobre todo su santidad, superaron todos los obstáculos. Consiguió dejar cristiandades en todos los puntos estratégicos del Extremo Oriente, ampliar el conocimiento de todas aquellas regiones. Sin intentarlo forjó un parecido oriental suyo con el San Pablo mediterráneo que admira la historia.

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No es extraño, por lo mismo, que al saber de cierto su muerte, con las circunstancias de su traslación y sepultura, el mismo San Ignacio, que ya tenía en Roma una antologia epistolar proveniente de Asia acerca de la fama de santidad de Javier, iniciara los primeros pasos para la glorificación de su hijo. Beatificado en 1619, fue canonizado a los tres años, 12 de marzo de 1622, juntamente con San Ignacio, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro Labrador. Pronto se le declaró Patrón de las misiones del Oriente.

San Pío X lo constituyó protector de la Obra de la Propagación de la Fe, y Pío XI le declaró en 1927 junto con Santa Teresa de Lisieux, Patrón universal de las misiones católicas.

P. Jorge Nelson Mariñez Tapia 

Fuentes: Biblioteca Católica Digital (Mercaba)/F. Vela, S.J./León Lopetegui. S. I

 


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